viernes, 7 de julio de 2017

La casa

Las casas que son de paso, tienen olores particulares: la falta de hogar huele. Hay en ellas algo de resto rancio, ambientador barato y cañería seca, a veces una mezcla de objetos huérfanos y otro poco de gris apurgarado. Es el olor del abandono. Los olores son como las plantas, si no pueden estar el tiempo suficiente en un sitio, no echan raíces y se marchitan; se convierten en cadáveres de olores.  Especialmente las que tienen moqueta, como esta que lleva ya un tiempo cobijándonos. Procuro dejar un poquito abierto el bote de mi crema corporal en el dormitorio y a veces recurro a meter la nariz en mi neceser para sentir olores vivos. Hacer pronto café y poner pan a tostar es un remedio eficaz. El café y el pan tostado acaban con los olores hospicianos más rebeldes.
  Llevamos más de un mes en ella y creo que ya ha vuelto a sentirse viva. Ya ha aprendido a retener nuestros rastros, y el armario ya no trasmina desolación, sino el detergente mezclado con el olor de nuestros cuerpos, crema corporal y sacapuntas. 
 Todas las casas tienen un olor propio que no se repite nunca porque suele ser el resultado de las sucesivas circunstancias que las recorren como fantasmas errabundos: comida, cremas, jabones, las huellas de los cuerpos de quienes las van ocupando y hasta  las telas y maderas. Eso es así. Cuando dejemos esta casa, sé que el olor inicial viajará con nosotros en nuestras maletas. Nos reencontaremos con él al abrirlas en el hogar, y será una especie de souvenir involuntario, el rastro pertinaz e impalpable de una vida prestada.


Duane Keiser