domingo, 29 de diciembre de 2013

Profundamente machista

   Me cuesta mucho trabajo hacer de este blog una ventana para algo que no sea la literatura y el arte, pero cierta cintura le viene bien a la vida y tampoco tiene una que forzarse demasiado para no salirse nunca, sin excepciones, de los propósitos iniciales.  Lo digo porque en estos días es tan bullente la polémica en torno al aborto que me parecería hacer ocultación si no me asomase a decir lo que pienso.

   Me veo ahora repitiendo cierta actitud de mi padre hace años. En la Facultad, que entonces se llamaba de Filosofía y Letras, un profesor humillaba a una alumna; parece que ésta había insinuado en clase que no le gustaba el Impresionismo. Me cuentan que mi padre levantó la mano en medio de la diatriba y el profesor interrumpió el discurso para preguntarle que qué quería. Mi padre respondió tan alto y claro como pudo:

 -Sólo quería decir que a mí tampoco me gusta el Impresionismo.

   Y siguió tomando notas o fingiendo que lo hacía.

   Pues algo así es lo que quiero hacer hoy: decir en alto que yo tampoco creo que el aborto sea un derecho. Mi razón me dice que lo que crece dentro de una madre NO es ella, que esa vida es genéticamente distinta, aunque dependiente de ella y que eso me basta para considerarla protegible por encima de todo. Que lo que esta sociedad necesita es que se pongan en marcha políticas que defiendan la maternidad y la paternidad con prestaciones que ayuden a toda mujer embarazada y a toda madre económica, sanitaria y socialmente. 

   Y ya que levanto la mano y hablo, añadiré otra cosa que pienso: no me parece que ciertas iniciativas tan aplaudidas por progresistas y feministas en los últimos años le hagan ningún bien a la mujer. Fomentar en el varón la irresponsabilidad de sus actos abocando a la mujer a decisiones de enormes repercusiones negativas tanto médica como psicológicamente (y aquí no sólo hablo de las consecuencias del aborto, sino de la tan aplaudida píldora del día después), me parece profundamente machista. 

Rudolf Szyszkowitz

viernes, 27 de diciembre de 2013

Pintura, naturaleza y quietud

   He pasado buena parte de la tarde con este libro. Las espléndidas reproducciones de los cuadros de Ricardo Galán Urréjola y los textos tan sensitivamente sabios de Ana Sofía Pérez-Bustamante han sido como sentarse ante el hogar cálido del arte después de mucho tiempo a la intemperie fría de los ruidos aturrullantes. Yo había estado en su presentación hace unas dos semanas, pero parece que el silencio y la calma son beneficiosas para disfrutar estas cosas. Lo digo porque me ha gustado especialmente una de las secciones llamadas still life (vida quieta) que es la expresión con la que la lengua inglesa se refiere a las naturalezas muertas. Aquí escribe Ana Sofía:
(...) pero cómo puede ser igual una naturaleza muerta que una vida silenciosa, una vida inerte que una quietud vivida.
   Y yo añadiría: una quietud vivida tan intensamente..., con esa vida que sólo está en las cosas quietas y en el silencio.

Galán Urréjola, naturalmente

lunes, 23 de diciembre de 2013

Seguidilla navideña

     Por ser pronto Nochebuena, dejo aquí el villancico con el que he estado felicitando por correo-e las Navidades este año.
    ¡FELIZ NAVIDAD!

         Ángeles invisibles
       baten las alas
       y el murmullo del aire
       lleva guirnaldas.
  
         Mañana santa:
       en el pecho revientan
       granadas blancas.




Correggio

domingo, 22 de diciembre de 2013

Con hora y media de retraso

   Hasta hace poco más de una hora ha sido día 21. Llego tarde a esta cita, pero no por olvido; se me está haciendo tan normal vivir con la carencia, que la cita en esta ventana se ha vuelto una cosa más del día, una más aunque aún dolorosa. Esto es lo que suele ocurrir con todo lo que reconoces tuyo para siempre, que a veces lo pospones a las urgencias novedosas porque ya sabes que está ahí y que siempre va a estar integrado en tu vida, como tu color de ojos o tu horror por las salamanquesas. Y es que ya has pactado con la supervivencia cierta aceptación no del todo digna.



martes, 17 de diciembre de 2013

Un gorrión es un gorrión es un gorrión

  Las cosas que nos rodean son lo que son, pero además evocan. Y, sí, vivimos en un mundo interpretado, como escribió Rilke, sólo que, algunas veces, se nos revelan interpretaciones inusuales, como en sueños... Por eso existe la poesía.

   Del libro Un fuego inesperado de Ricardo Rodríguez:

              EN AQUEL SUEÑO

  Con qué delicadeza se movía 
por el cielo encendido, entre los árboles,
el pájaro que ayer vi en aquel sueño.
¿Qué quería decir, qué me decía
entre las ramas súbitas y espesas,
aquella levedad de plumas blancas?
¿Que soñar es vivir y que los seres 
que amamos en los sueños nos alientan
como un soplo divino al despertarnos?

Ahora, mientras miro a este otro
pájaro gris que vuelve al nido, pienso
cuál es el verdadero, si el astuto 
gorrión atento y precavido
que mide las distancias,
o ese breve latido del espíritu
que ayer llenaba el bosque, en aquel sueño.

Gonzalo Gil

sábado, 14 de diciembre de 2013

Y hablando del habla...

   No acaba una de dolerse del afán por vulgarizarlo todo, cuando lee la siguiente perla en un examen de bachillerato (sí, sí, toca fin de semana corrector, qué le vamos a hacer...):
  "La escuela de traductores de Toledo (sic) (y el sic es mío, claro), que más tarde se puso en manos de Alfonsi en el siglo XII"
   No, no es una grafía deformada por los nervios al escribir. La grafía es clarísima y, además, las prisas no debieron existir habida cuenta de que tuvo casi hora y media para redactar poco más que esas dos líneas. Por un momento me he dicho: ¿leyó esta muchachita mi entrada anterior y ha querido hacerme un guiño? ¿Ustedes qué creen?  Es que a mí lo que me parece es que algún día escuchó en clase, en medio de su soñolencia por las arduas noches de televisión y "play", aquello de la "Escuela Alfonsí" y, sin notar el acento, se dijo: "Tate, me pueden preguntar por la escuela del maestro ese que se llama como el novio de la Paqui"


Alfonso X y su corte en Las Partidas

jueves, 12 de diciembre de 2013

Arreglá pero informá

    Es realmente curiosa esta reciente tendencia de los estudiantes a tomarse confianzas con los autores del siglo pasado. Vale que quieran disimular que se les ha olvidado el apellido (a Galdós lo llama mi alumna X, de 4º de ESO Benito Gómez) Pero qué elegante y bien disimulado hubiese quedado que su compañero Y lo llamara D. Benito, en lugar de este "Benito" para acá, "Benito" para allá que le he soportado durante más de una carilla de folio en su ejercicio. Yo creo que lo del "don" les suena a ellos entre pueblerino y sumiso; algo de eso debe de ser, y la cosa estará en consonancia con lo que últimamente me pasa en algunos comercios. "Señora, ven para acá", me dijo no hace mucho una jovencita de no mucha más edad que estos alumnos. Yo, naturalmente, fui para allá entregadita a la barbarie y sin decir ni mú, por si pudiera parecer que ofendía su desparpajo de dependienta ensusitio. Digo yo que esta debe de ser la versión última del chandal con tacones, "arreglá, pero informá"; no tiene más remedio.

 D. Beníto, por D. Ramón Casas

martes, 3 de diciembre de 2013

Es que hay rachas...

   El coche, en el taller; el catarro, no se acaba de marchar; en la mesa de trabajo de casa, demasiadas decenas de exámenes por corregir empiezan a parecerme auténticos conatos de columnas salomónicas; para un trabajillo de investigación se me estån pasando ya todos los plazos... Para colmo de males, me anuncian los mecánicos el precio desorbitado de la reparación y el ordenador se quedó caput justo ayer mismo (escribo desde la tablet). Con estas perspectivas no sabe una si meterse en la cama a dormir o si obviar el cansancio y salir a tomar un vino y a reírse a carcajadas de todo ... La peor solución es siempre la que acaba una tomando, a saber: ponerse a corregir exåmenes con un bocadillo y un paracetamol  por cena y olvidarse por unos días de que tiene (¿tuvo?) coche y cierta documentación organizada.  Ah, y dejar de maldecir en voz alta, que los vecinos ya sospechan.
Imagen: Egon Schiele

jueves, 28 de noviembre de 2013

Nubes

   Pasan hoy las nubes, plomizas, deshilachadas, como una cabalgata de espectros en marcha hacia poniente. Al fondo, en el hueco que deja libre mi horizonte de azoteas, ha empezado a dibujarse una geografía de cordilleras casi transparentes y delicadísimas; sobre ellas un dragón lánguido se despereza. 
   A mí me gusta el invierno; me gustan los braseros, el efecto de un té caliente al volver a casa tras el frío, me gusta el olor de las castañas asadas y los edredones espumosos y calentitos, me gustan el silencio en el aire de noviembre y estas nubes de blandura movediza, diligentes fantasmas fabulosos deslizándose hacia dónde.

John Constable

martes, 26 de noviembre de 2013

·..una tinaxa de agua

INTRAHISTORIA

El hongo de Hiroshima.
El ENLAC, con sus 16.000 lámparas de vacío.
La fulgurante Guerra de los Seis Días.
El Voyager planeando sobre Júpiter.
La caída del muro de Berlín.

Y gira y gira el tiempo
como una campana enloquecida:
años, años, años
hacia atrás.
                 Y se detiene
en España. Castilla. Era del Señor
de 1376:

"Doy fee de los averes de la defuncta
Antonia Huete:
una sillica,
un crucifixo,
una tinaxa de agua".


   Dejo aquí constancia de este poema de Vicente Sabido que me ha emocionado tanto, con su enumeración de sucesos relevantes y el contraste con la pequeña realidad personal, que es igualmente trascendental pero que atañe a la intimidad y sólo a Antonia Huete (y ahí el título, imprescindible para asegurarnos la correcta lectura del poema); y me parece que la concreción de la pobreza y de la persona (Antonia Huete) me toca más significativa delicadamente que los hechos atroces o magníficos de la primera estrofa, tan tremendos que neutralizan los matices del sentir. Y creo que el Voyager y la caída del muro de Berlín son asunto de la épica, pero que la poesía, la poesía auténtica, está en la intimidad pobre de Antonia Huete.

Jorge Gallego García

domingo, 24 de noviembre de 2013

Tobogán

   Ando mal de tiempo. Sigo con atrasos de compromisos y de trabajo; y qué decir de las lecturas más deseadas... Como siempre, los días se suceden en una especie de tobogán en el que la caída es cada vez más rápida y -lo que es peor- detrás de mí viene... ¡la gordita de la clase!, con los pies por delante y ganando velocidad a cada tramo. La imagen del tobogán es la que mejor cuadra ahora porque me asusta sentir la aceleración que van alcanzando los días y, además, me apresuro tobogán abajo temiendo que el enorme fardo de las tareas asumidas y sin terminar me dé alcance y acabe por aplastarme. 
    y, a pesar de todo, me paro unos minutos y escribo esto.

Matisse

viernes, 22 de noviembre de 2013

21 de noviembre

   Con el tiempo, el dolor de siempre se te olvida a ratos largos y ese es un dolor nuevo, más apagado y más triste.


domingo, 17 de noviembre de 2013

El último concierto

  Vimos El último concierto y la conversación que tuvimos después me ha hecho pensar que tal vez nuestras preferencias estén originadas en el reconocimiento de tics personales fuera de nosotros. Al menos las mías lo están. Supongo que esta vez me dejé llevar del orgullo de los pedantes y oír recitar, nada más empezar la película, los primeros versos de los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot ya me dejó entregada; que el eje alrededor del cual giran todos los conflictos fuese la música clásica (y aún más, un pequeño grupo de instrumentistas de cuerda) me acabó de hacer una entusiasta de lo que veía y escuchaba. No cabe duda, esas subjetividades y la música de Beethoven, y el ambiente delicadamente vivo que recoge la fotografía, la interpretación de quienes fingen tocar realmente la viola, el chelo, los violines... Todo colaboró. 
  E. me despertó de mi limbo de afectación al ponerle una pega a lo que acabábamos de ver: "Falla la narratividad, ¿no sientes que la escena final se precipita?". No entendí entonces la pega que le ponía, pero ahora creo que tenía razón. Yo no me daba cuenta entregada como estaba a la mezcla de emociones y al gusto por una trama que hilaba a Beethoven con las mezquindades de los artistas, los versos de Eliot con las teorías del arte que iban salpicando los personajes. Es verdad, en la película, de pronto, todos los nudos se aflojan y el primer violín cede a la propuesta del segundo, la esposa burlada acepta el beso del marido infiel, la joven que había roto su relación aparece cercana y condescendiente y la chelista que no acababa de ser aceptada y que no había ensayado con los otros ni una sola vez se integra milagrosamente; todo ocurre como si el escenario del concierto fuese el palacio de cristal de aquella maga Felicia de La Diana a donde todos los aquejados de desamores varios acuden a beber sus aguas recomponedoras. Lo que pasa es que esa tesis del concierto reparador sin que se nos haya dado un sólo síntoma previo, no resulta verosímil. No, por mucho que tenga una un elevadísimo concepto del poder del arte.

Fotograma de la película

sábado, 9 de noviembre de 2013

Cansancio reparador

   Semanas como esta le hacen a una identificarse con esos esforzados caballistas que participan en carreras en las que, además, han de ir recogiendo conos del suelo o ensartando argollas encintadas que les obligan a contorsiones precarias a galope tendido. Estos acelerados equilibrios con las horas han sido, a la vez, agotadores y gratificantes porque se han visto llenos de reencuentros y propuestas. No os extrañe que quiera definir el resultado de la semana con un simple oxímoron: sí, me levanto hoy sábado con la sensación de que estos días me han supuesto un maravilloso cansancio reparador.

Van Gogh

   

jueves, 31 de octubre de 2013

Halloween, Tosantos y Difuntos

   Recuerdo que, de niña, las monjas de mi colegio, las queridas Hermanas Carmelitas de Vedruna, nos repetían en clase que no había que confundir el Día de Todos los Santos con el Día de los difuntos. Yo llevo años convencida de que la sabiduría popular hace muy bien mezclándolo todo y festejando a sus difuntos más queridos el día en que veneramos a Todos los Santos anónimos. ¿Habrá algo que despierte mejores sentimientos que esta solidaridad intemporal de confiar en la intercesión de los que ya han muerto mientras rezamos por ellos? Qué diferencia con la mala chirigota que montan los anglosajones -y de la que se han imbuido por aquí los más jóvenes- en torno a la muerte. Ya expuse hace un año en esta ventana por qué me molesta especialmente semejante chacota indigna que me cambia la oración de intercesión y la Comunión de los Santos por un antipedagógico trato con amenaza, la representación de una dignísima obra teatral en verso por un medio akelarre infantil e incluso la repostería exquisita de los "huesos de santos" por un puñado de caramelos baratos.  Lo dije entonces y lo repito este año: chocante, ordinario e innoble. 

T.W. Roberts



lunes, 28 de octubre de 2013

Sobre Atenas

   Leo pausadamente Atenas, de Juan Vicente Piqueras, y celebro la iluminación honda de unos poemas que desmenuzan ese vértigo leve, esa sensación de resaca marina que dejan las mudanzas -con su aceptación del espacio-sorpresa-  las arribadas, las esperas, pero también los abandonos. Como iconografía natural del libro, el mundo de la antigua Grecia insinuando laberintos, penélopes y oráculos (presentes, pasados y futuros), pequeñas conmociones que propicia todo destino, todo viaje. Piqueras no habla de Grecia mientras menciona a Grecia. Habla de mí.

   Echaba yo ya en falta esta clase de sorpresa del espíritu, que es el efecto de la auténtica poesía: impensadas complicidades. El poeta parte hacia Atenas y su geografía limítrofe, al comienzo del libro, como quien desata amarras para adentrarse en el mundo de los mitos que fueron suyos siempre pero que estaban lejos. Abandonará también al final ese espacio, pero...

     "Ya lo dijo Plutarco:
      Cuidado con las cenizas"
                  (pág. 57)


miércoles, 23 de octubre de 2013

El pasado feliz e Ingeborg Bachmann


   Es lo que tienen la felicidad y la belleza, que su recuerdo vive siempre. Supongo que no podemos retener eternamente ese estado de gracia en su tiempo perfecto, pero el extraño dolor que nos pueda deparar el declive será una amenaza también gloriosa. 


lM GEWITTER DER ROSEN

 Wohin wir uns wenden im Gewitter der Rosen,
ist die Nacht von Dornen erhellt, und der Donner
des Laubs, das so leise war in den Büschen,
folgt uns jetzt auf dem Fuß

             (Ingeborg Bachmann)

("EN LA TORMENTA DE LAS ROSAS / allá hacia donde nos volvamos en la tormenta de las rosas / se ha iluminado la noche de espinas, y el trueno / del follaje, que tan suave era en los arbustos, / nos pisa ahora los talones.")

Corot

lunes, 21 de octubre de 2013

Cordando

   Es curioso qué cantidad de formas diferentes es capaz de adoptar el dolor, conforme pasa el tiempo, sin dejar de ser dolor.


sábado, 19 de octubre de 2013

Maneras de mirar (8): "De este millar y pico..."; Víctor Botas


DE ESTE MILLAR Y PICO...

De este millar y pico
de libros que celosamente guardan
los anaqueles de mi biblioteca,
apenas diez
o doce
merecen ser nombrados. (Tu mirada
me falta;
de otro modo
toda literatura sería inútil).


   Mi amigo de ventana, don Alberto Boutelier, recogió hace unos días este poema en los comentarios de la última "asomada"; y qué cosa mejor que recurrir a los textos por los que se interesan mis escasos lectores para proponer una "Mirada", sobre todo cuando esos textos resultan ser tan de mi gusto, que para eso también es para lo que sirve la poesía, para "darse el gustazo".

   Y estos versos son tan borgianos por su sobriedad, por su léxico (en Borges aprendí a llamar exótica y arábigamente "anaqueles" a las insípidas "repisas"), lo son también por sus referencias... ¿Pero es que hay algo más borgiano que una enorme biblioteca? ¡plantearse resumirla en poquísimos volúmenes, o, mejor, en un único signo -¿por qué no una mirada?-. Y la mirada de la persona amada se convierte así en un aleph

   Se divide el poema en dos partes muy evidentes ¿verdad?: por un lado está la seca afirmación del lector exigente, con su casi precisión numérica; por otro lado encontramos el inciso personal que va entre paréntesis -como señalando así un aparte de carácter íntimísimo- a modo de contrapunto de emoción honda y sin aspavientos, una emoción que aparece aparentemente de refilón en el poema y que deja su carga de profundidad así, como quien no quiere la cosa. A la sensibilidad contemporánea no le gustan las grandilocuencias; Bécquer lanzó un "¡por una mirada un mundo!" pero hoy eso nos suena a sobreactuado. Botas, tan contenido él, tan borgiano siempre (aún más en sus primeros libros como lo es aquél del que tomamos el poema), no lo exclama,  me lo hace saber en el susurro de un paréntesis: me murmura bajito que la biblioteca más completa, la selección más exquisita de sus volúmenes, no son nada frente a cierta mirada...  Y ya está, emoción provocada y poesía cumplida, poema perfecto. 

   Pero, bueno, el poema es perfecto también porque notamos que la forma métrica no sólo se pliega a esa técnica de la precisión discreta (el metro es el de la poesía culta española de todos los tiempos: la mezcla de endecasílabos y heptasílabos), sino que es el aliado principal del mensaje poético. Sí, el poema es una breve silva blanca, no lo parece porque dos heptasílabos se han quebrado en dos partes, pero son heptasílabos perfectos: "apenas diez / o doce" y "me falta / de otro modo".

   Y ¿se convierte el metro en clave del mensaje poético?, pues sí, rompiendo en dos los heptasílabos esperados. Si algún lector ahora se está preguntando a qué se debe esa quiebra del heptasílabo, yo le diría que la pregunta no debe ser a qué se debe, sino qué se le debe a ella. Se le debe la llamada de atención sobre las palabras con las que se cierran los cortísimos versos surgidos: me refiero al redondo "diez" y, sobre todo, al verbo "falta"¡Claro! es que las pausas versales están señalando, están ayudando a corroborar la emoción del poema: Que el poeta diga que los "diez" (y pausa) mejores libros que jamás se hayan escrito merezcan su atención sólo porque esa cierta mirada le "falta" (y pausa), es darnos ese pequeño tiempo que necesitamos para darnos cuenta de que teniendo esa mirada "toda literatura sería inútil". ¿No nos dejan estos versos el temblor más convincente de que es cierto aquel conocido verso de Bécquer? 


Rosa Mrtínez-Atero

martes, 8 de octubre de 2013

Asunto de neuróticos...

   Oí hablar de Víctor Botas por primera vez allá en el verano de 1994, creo  -¿o fue en el 95?-. Lo mencionó García Martín en Medina del Campo no sé si en su conferencia o en las conversaciones durante las comidas de aquellos cursos de verano que organizaba la Universidad de Valladolid. Yo no sabía por entonces que tal poeta existiera, ni que su obra me iba a parecer tan admirable cuando lo leyese, aunque ha ayudado a mi entusiasmo por su poesía reconocerla tan borgiana y tan clásica (lo uno implica lo otro, por supuesto); su verso, tan elegante, tan preciso, tan agudísimo.  Lo traigo hoy a esta ventana porque me ha prestado E su Poesía Completa en la edición que ha sacado La Isla de Siltolá hace apenas un año -por cierto que qué bellísimo es el volumen físicamente y qué acertado en su contenido al excluir aquella parte de la obra poética que el autor no quiso prodigar-. El libro incluye el prólogo que el propio Botas escribió para tal compilación de su obra en 1993, breve y certerísimo, espléndido como es su poesía. De él extraigo estas palabras con las que describe sus inicios de poeta y, de paso, como quien no quiere la cosa y en dos brochazos rápidos, nos deja su propio canon y da un repaso crítico a la poesía bastante atinado -aunque a lo de Juan Ramón le pondría yo alguna excepción, desde luego-:
   "La poesía, que es inmortal y pobre, es además asunto de neuróticos, escuela de parásitos, nido de pedigüeños y fácil coartada para lucimiento (siempre queda bien poner un poeta en cualquier acto oficial) de políticos abecedetos. En lo que a mí atañe, sospecho que me alteró el espíritu y poco a poco me fue llevando a una casi perfecta inutilidad, con el consiguiente coste económico que semejante situación conlleva.  
(...)la poesía -la literatura,mejor- me tenía enganchado, cogido a base de Virgilios, Quevedos, Cernudas y demás embaucadores. Y esto desde muy atrás, desde los quince o dieciséis años de mis lecturas de Kipling y Salgari. Yo quería imitarlos, ser como ellos, y Shere Khan, el tigre de mi infancia, seguía deslizándose sigiloso desde los vericuetos de mis meninges ya treintañeras.

   Para colmo de males, una tarde de invierno, en León, me topé con Borges, que también hablaba de tigres, que no era un fanfarrón verbal como Neruda, ni un cursi como Juan Ramón, ni un monótono blandengue como Salinas. Borges fue la puntilla..."

domingo, 6 de octubre de 2013

El fondito triste

   Tienen desde siempre los domingos un fondito triste, una especie de regusto ligeramente amargo que con los años se me ha quedado pegado a nosequé meninge rara en el cerebro o en esos espacios mínimos que de puro invisibles se nos figuran míticos. Sí, por esos rincones debe de andar esta sensación, tan enquistada, que ni el levantarme tarde ni la misa la esquivan. 
   Salir por el centro de la ciudad siempre ha sido tumbante: ver a las parejas, a las familias como dándole bocanadas al solecito buscando una migaja de queseyó insuficiente me pone triste.
  Tal vez es que el domingo siempre trae la sensación de expectativa frustrada de antemano: el descanso feliz, la armonía, la paz... nos fueron prometidos, cuando lo que acaba viniendo en realidad de la mano del día son los compromisos ineludibles, la pesadez de algún pariente, o -y aquí viene lo peor- el aviso del lunes que va ya dejándote el aliento perseguidor en el cogote...  Ay, el terrorífico soniquete de los partidos de fútbol radiados que un tío mío se ponía después de la merienda, esa cacofonía prolongada -aunque bajita, muy bajita- que acompañaba al convencimiento de que todo el día había sido un simulacro forzado de la felicidad. Y, mientras tanto, adivinabas ya a tu madre en tu cuarto, sacando del armario el uniforme del colegio planchadito, muy bien planchadito.


Bazille

    

sábado, 28 de septiembre de 2013

Ladrillos, flechas y puentes

   No me cabe la menor duda de que las palabras son los ladrillos del pensamiento, que es verdad que dar nombre a las cosas significa conocerlas y, con ello, darles existencia concreta en nuestra vida sacándolas del magma de lo impreciso. Sí, sí, lo sabemos desde siempre, y el autor del Génesis -hace queseyó cuántos cientos de años a. de C.-  representa con una belleza y simplicidad asombrosas cómo emerge el mundo a partir de la nada por medio de la palabra, o cómo el primer hombre lo reconoce -y lo domina- dándole nombre a cada ser vivo. 
   Todo eso es verdad, pero esa misión de conocimiento la cumplen las palabras dentro de nosotros. Sin embargo, cuando la palabra sale, ah, eso ya es otra cosa. La palabra que respira desde nuestra boca, la que empieza a temblarnos en el pulso para permanecer fuera de nosotros, tiene ya otra querencia más fuerte. Las palabras tienen vocación de acogida y no saben estar a la intemperie... Son flechas que buscan su reposo, puentes que exigen otra orilla. Por eso no comprendo en absoluto a quienes dicen escribir para sí mismos. Decía D. Antonio -en un alejandrino divulgadísimo gracias a Serrat- que "quien habla solo espera hablar a Dios un día"; yo añadiría: "y quien escribe para sí mismo espera escribir para alguien pronto".
Monet


miércoles, 25 de septiembre de 2013

el niño de la bicicleta

   Un niño daba vueltas ayer con su bicicleta debajo de mi ventana. Pedaleaba incansablemente pasando veinte, treinta veces por el mismo punto de la rara elipse trazada en su inconsciencia. Treinta y cinco, cuarenta veces... Seguía girando.  No parecía cansarse, no flaqueaba; mantenía la mirada, obstinada y satisfecha, en el manillar del juguete. Daba vueltas -cuarenta y cinco, cuarenta y siete...-
¿Qué impulsa a los niños a esa constancia ilusionada?, ¿por qué la hemos perdido los adultos tan irremediablemente? Le he preguntado a E esta tarde si él también siente esa especie de impaciencia ante las cosas que se repiten sin poner una meta en el horizonte. Me dice que sí. Parece que no es cosa de mi carácter intranquilo; que es verdad, que hay cierta paz confiada en el tiempo que se pierde con los años. Yo creo que es cosa del horizonte de la vida. Quiero decir que para los niños el futuro es muy largo y por eso no tienen prisa alguna por apurar el presente; todo es tan ahora a sus años... No tienen apenas pasado y desconocen el terror de la fugacidad de las cosas. los adultos, en cambio, somos conscientes de la cortedad de nuestro porvenir y nos apresuramos a cargarnos las mochilas del momento lo más rápidamente posible, sin demoras, apurando la mayor cantidad de experiencias distintas por minuto. Por eso el niño dilapida su presente. Ojalá los mayores supiéramos recuperar un poquito de aquella visión infantil en la que las cosas aún no tenían pasado y el futuro era un sueño exótico que parecía esperar siempre. 

Didier Lourenço

domingo, 22 de septiembre de 2013

Con casi un día de retraso

    En situaciones como esta se da una cuenta realmente de lo que debería ser obvio: que, en aquello que es constante, los números, las fechas, son etiquetas añadidas, clasificaciones torpemente anecdóticas.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Otra vez, que si arte, que si belleza


Fuimos a verla hace algo más de una semana. Estoy hablando de Renoir, de Gilles Bourdos. Inevitable establecer comparaciones con El artista y la modelo, que ya traje a esta ventana el mes pasado. Inevitable comparar, pero no hay comparación. La de Trueba habla sobre el arte y ésta de Bourdos cuenta una anécdota anexa al arte para buscar imágenes bonitas, filmando poses muy cuidadositas y mimando el color y la composición del fotograma, como si estuviera forzando todo el tiempo un resultado plástico. El resultado nunca llega a tener esa magia de la ausencia de impostura. 
Sin embargo en El artista y la modelo, (que, por cierto, renuncia al color) encontramos la exposición de una poética general del arte muy seria que analiza en qué consiste crear una obra y abarca la compleja relación del arte con la realidad, que le es siempre modelo parcial (genial cuando la modelo le dice al artista respecto a la obra: "pero esa no soy yo" y él le responde: "¿y qué te pensabas?"), el arte y las ideologías (con la visita de un nazi teórico y enamorado del arte), la obsesión del artista por la obra, cómo la obra se impone a las propias expectativas del artista... 
Para mí, el trabajo de Trueba es una obra fundamental, en tanto que el de Bourdos es un mero ejercicio, bastante amanerado, de búsqueda de belleza. Qué triste el guiño que nos pareció ver en Renoir aludiendo al final de El artista... , cuando el pintor impresionista dice algo así como "si me pegara un tiro, sería un acto de coquetería".  ¿Pero es que el señor Bourdos piensa exclusivamente en términos de belleza?

Fotograma de la película

viernes, 13 de septiembre de 2013

Maneras de mirar (7): "Los paraguas, los taxis" de Karmelo C. Iribarren


       LOS PARAGUAS, LOS TAXIS
                                
                        Para Xavier Erxart

    Acabo de tirarlo,

   35 minutos bajo la tormenta
   -esperando un maldito
   taxi-
   han podido con él.

   Pero cómo se ha portado.

   Ésa es la diferencia:
   los taxis son como ciertos amigos,
   nunca están cuando los necesitas.

   Los paraguas, en cambio, mueren por ti.

             (Karmelo C. Iribarren)



 ¿Se han dado cuenta? ¡no hay un maldito adjetivo calificativo en todo el poema! salvo éste que acaban de leer: "maldito", aplicado al taxi.

 La poesía de Iribarren puede representar el realismo sucio de aquí y de ahora, esto es, en español y en los años que ahora mismo corren, aunque L. A. de Villena haya propuesto la etiqueta de "realismo limpio" para su poesía por la enorme desnudez de su expresión. Yo creo, sin embargo, que lo que en realidad distancia a K. Iribarren de los textos de Bukowski, de Carver, o del español (aunque nacido en Inglaterra, ya ven el nombre) Roger Wolfe, por ejemplo, radica en el lirismo de Iribarren. "¿?", pensarán ustedes.  Sí, digo yo, han leído bien. En Iribarren hay en todo momento una persona que siente, que ironiza, se burla, denuncia, insulta o blasfema; una persona que se emociona ante cosas concretas y lo muestra, y esto marca una diferencia que es fundamental. 

 Por lo demás, ya lo ven. En los versos de arriba, donde no hay una mínima concesión a la rima ni al ritmo convencional de los versos, encontramos una forma acorde con la sentimentalidad del vapuleado, del descreído de los sentimientos: los versos breves entrecortan una expresión vehemente dando la sensación de que las palabras son casi escupidas en vez de pronunciadas, evitando a toda costa lo que pueda sonar a lirismo o afectación. Colabora a ello la fonética de las palabras... ¿han visto el predominio de "/t/" de todos los versos? Es una consonante dura (oclusiva y sorda) que se pronuncia haciendo chocar la lengua con los dientes... Todo cuenta para la creación de un clima y el efectismo de lo que se significa aquí: la emoción de los tipos duros. Eso sí, claro está, el verso final, ese que contiene la metáfora del amigo bueno, se distancia del resto del poema y se remansa en doce sílabas con la acentuación que llamamos "melódica" para los endecasílabos, abundando en la sonoridad blanda y abierta de "/a/" -sólo la última palabra, a modo de cierre brusco y conclusivo, es el monosílabo "ti".

 Una alegoría urbana de la amistad entre los vapuleados es este breve poema que habla de taxis que no paran en medio de la lluvia en una calle llena de charcos(un mal amigo = taxi que no llega, un buen amigo = paraguas en medio de la gran tormenta que es (=)la vida). La amistad auténtica se demuestra hasta el final y, después, no hay tiempo para sentimentalismos -nos dice-; se sigue adelante. No sé si se han dado cuenta, pero entre los nuevos "topos" de la retórica contemporánea, no cabe duda de que el taxi tiene un lugar privilegiado como lo han tenido siempre la rosa, el camino o el río.

 Pocos más recursos quiere emplear Iribarren. Los mencionados y la hábil distribución de los hechos bastan para marcar el tono duro: "Acabo de tirarlo" son las primeras palabras y éstas vuelven a cobrar relevancia, cargándose de sentido, cuando leemos el verso final: "mueren por ti". 

Foto tomada del blog "vigoalminuto.com"

sábado, 7 de septiembre de 2013

La paz genuina

   Qué enero ni enero. Enero es una fiesta deliciosa, pero ahora es el begin the begin de verdad de la buena, ahora empieza una a organizar la mochila para los 365 días siguientes y hace una sus planes y sus propósitos.
   Así que... primer finde del año y lo empiezo sumándome a la jornada de ayuno y oración por la paz que pide el papa Francisco. Así, sin ñoñerías y sin simplezas, sin proclamas ni demagogias; sin hipocresías. Poniendo mi pequeño esfuerzo, sabiendo qué fácil es enarbolar una palabra hermosa y qué complicado es hacerla verdad.

Picasso: detalle del "Guernica"

sábado, 31 de agosto de 2013

Y, por eso, la noche

   Pensaba yo esta mañana lo importantes que han sido en mi vida las horas de la noche para lo bueno y para lo malo. Las grandes noticias -los primeros premios literarios-, los sucesos terribles, han sido nocturnos, como también han sido nocturnas las horas más fértiles en lecturas y en trabajos escritos. Las horas de labor suelen ser hormigueros de ruidos y de acciones, ocupadoras de tiempo, rutinas obligadas casi siempre. Todo eso estaba pensando cuando he visto un papel en el suelo (un folio doblado por la mitad con unas pocas líneas cortas) que la ventana abierta al fresquito de poniente debió hacer volar de alguna repisa -no es ficción para el blog, os lo aseguro, ha ocurrido tal cual-. Me he agachado y me he encontrado, entre otras bagatelas escritas, con tres breves versos de mi puño. Por lo que se dice en ellos, debí de escribirlos hace poco más de dos años. Parece un haiku un tanto peculiar. Aunque mi estado de ánimo actual no tiene nada que ver con el de esos versos, es tan verdad su emoción, que me arriesgo a traerlos a esta ventana:

  Salva el silencio
cuando no hay fuerzas.
Y, por eso, la noche.


Van Gogh, claro, y su "Noche estrellada"



lunes, 26 de agosto de 2013

Luz de otoño

    Ayer fue la primera tarde con luz de otoño.
   Consuela esta extraña insistencia del tiempo. Saber que no todo cambia definitivamente, que hay cosas que estaban en la época dorada de la infancia y aún persisten es como llevarte los libros más queridos y tu sillón de siempre a una casa en alquiler.
   Cuando me he levantado esta mañana, al oír el silencio nuevo del aire fresco, sentí lo mismo que si hubiera sorprendido entre las páginas de un libro una foto de la infancia.

 
Luis Gómez Baquero

sábado, 24 de agosto de 2013

Débil

   Con frecuencia, después de un dolor grande, de un golpe fuerte, se nos queda a todos una especie de miedo crónico ya para siempre, algo así como una precaución latente que no nos abandonará nunca. Incluso en la manera de andar se nota un cierto titubeo blando en aquellos que alguna vez sufrieron mucho... Tal vez eso otorgue una impronta de debilidad que es muy hermosa, muy humana.


van Gogh

miércoles, 21 de agosto de 2013

De nuevo, mi homenaje

Copio el siguiente poema tomado del libro  Quienes rondan la niebla, de Rafael Adolfo Téllez:


HOMENAJE

En mi aldea, alguna vez,
mi hermana murió, la que bordaba,
la que cantó en las alcobas la canción del porvenir.
Murió en mí mi amor,
la oscura muchacha, la que quise.
Solíabtrenzar en las tardes, a mi lado, el infinito.
En su edad mis padres languidecen
al pie de un territorio de leyendas y sombras.


Murió mi eternidad y estoy velándola.



P.S. Y, mientras tanto, Antonio R.T. avisa en facebook del esplendor de la luna y me parece que todo tiene que ver y que viene junto...

P.S.2. Aunque Cristina no tiene nada de oscura y sí de claridad radiante, siempre lo ha tenido.


martes, 20 de agosto de 2013

Parte del placer poético

"Pueden responder a un poema emocional e imaginativamente, sin ser conscientes de la técnica con la que logra sus efectos, y eso está bien. La cuestión es, al fin y al cabo, el placer. Pero la poesía es arte verbal que les reclama que noten el medio por el que está compuesta. Ser conscientes de su lenguaje es parte de ese placer"

dice Ruth Padel (según mi traducción) en la página 5 del libro del que hablé en esta ventana hace pocas semanas.


Edouard Vuillard

sábado, 17 de agosto de 2013

Maneras de mirar (6): "El final de la fiesta" de Felipe Benítez



EL FINAL DE LA FIESTA

Copas sobre el césped, mojadas de rocío,
con manchas de carmines estridentes...


En el jardín nocturno brillaban las guirnaldas
Y llegaba la música
en aladas bandejas invisibles del aire.
Los abrazos furtivos, el juego de señales
los disfraces barrocos y las niñas de nieve
posando de fatales con rosas en los labios.


Copas abandonadas sobre el césped, confeti
flotando en la piscina y un jirón de vestido
prendido en el columpio. 


                         Toda la irrealidad
de esa escenografía que los bailes de máscaras
tuvo para nosotros un sentido simbólico:
era la juventud,
vestida que sí misma, estrafalaria y loca,
quemando alegremente y sus bengalas,
porque el amanecer traería un viento frío,
una mala resaca como precio. 


                             Las copas
quedaron sobre césped, flores pisoteadas,
antifaces deshechos, sombreros, serpentinas
vagando en el estanque como estela de un barco
diminuto y fantasma que naufragó en el sueño
de aquella noche de verano. 


                             En las hogueras
de nuestro corazón los restos de una fiesta,
los restos de una vida.  Recogeré las copas,
guardaré mi disfraz en un cajón secreto.
Duró poco la fiesta. De nuevo cae la noche
y la luna se estampa sobre cielo desnudo.


                    (Felipe Benírez Reyes, 1960-  )



    Leer este poema es como ingresar en el ambiente de las novelas de F. Scott Fitzgerald (y quién no ha visto, al menos, alguna de las dos versiones cinematográficas de El gran Gatsby, con el lujo decadente y melancólico de sus fiestas nocturnas). Felipe Benítez le dedicó un poema al novelista allá por los años en que escribió éste. Pero la atmósfera de final de fiesta identificada con la juventud, la noche despreocupada que se acaba mientras va dejando el dolor de una felicidad marchita, o la descripción de los bares de copas en los momentos previos al cierre en la alta madrugada, no es un recurso exclusivo del poeta de Rota; otros, Carlos Marzal a la cabeza, lo utilizaron allá en la década de los años 80 del pasado siglo XX.  Benítez, el poeta del tiempo fugaz y la memoria furtiva, no podía dejar de tratar este topos generacional; y lo hace con una solvencia, con una efectividad emotiva inmejorables.

   Construye Benítez un planto, una endecha elegante (no olviden que la métrica más común de la endecha es el verso de siete sílabas y que este poema abunda en periodos fónicos de esta medida pues, salvo tres versos, todos son alejandrinos o heptasílabos). Es una endecha elegante, decía, porque lo que muere es la alegría audaz e impune de cierta edad y su dolor se parece más bien al de una honda nostalgia doméstica y agradecida.

   Observen cómo se potencia lo etéreo en ciertas expresiones: la música se extiende en "aladas bandejas invisibles del aire", el confeti queda "flotando en la piscina" como también debe flotar el "jirón de un vestido" pues ha quedado "prendido en el columpio" y lo mismo hacen las serpentinas que quedan "vagando en el estanque como estela de un barco / diminuto y fantasma que naufragó en el sueño".  El ambiente de este poema, no es el de la noche canalla, sino el volátil mundo de los sueños y tal vez por ello sean las niñas "de nieve" y su carácter fatal, únicamente una pose. Qué bien le vienen a este poema ciertas pinturas de Serny ¿verdad?. 

  Pero en estos versos se nos acaba hablando del amanecer que "traería un viento frío, una mala resaca como precio" y desde esas palabras, la atmósfera volátil y grácil del poema se empieza a evaporar, como al cumplirse el tiempo de un sortilegio (¿y qué otra cosa es la juventud en estos versos en los que la fiesta está basada en la ficción pasajera de los bailes de disfraces?) Se dejan ver ahora, pues, en esta parte final del poema, las "flores pisoteadas" y los "antifaces deshechos" para terminar desbaratando la ficción fugaz de la fiesta y sus disfraces efímeros con el adjetivo "desnudo" a modo de punto final y definitivo.

  No puedo dejar de señalar la fuerza de la comparación de la serpentina con la "estela de un barco". Los barcos de los poemas de Felipe Benítez nunca llegan y nunca regresan, se alejan siempre para perderse en la bruma, parten siempre hacia un destino desconocido y sin retorno porque son su símbolo personal de la fugacidad de lo vivido.

  Sólo me detendré pocas líneas más, las suficientes para mencionar el modo en el que la sonoridad del poema -su ritmo versal, quiero decir- apoya su carácter de elegante nostalgia ante lo perdido.  Dije que había sólo tres versos que no son heptasílabos o alejandrinos, pues bien, uno es un endecasílabo que divide la primera parte más extensa -la que he señalado aquí como volátil mundo de los sueños- de la parte final en la que empiezan a aparecer los signos del destrozo. La posición de bisagra de este verso respecto a todo el texto es, creo yo, una intuición poética espléndida. Los otros dos versos de los que hablo son los que abren el poema a modo de atrio:

   "Copas sobre el césped, mojadas de rocío,

con manchas de carmines estridentes"
 Después de este comienzo y sólo a partir del tercer verso del poema, se abre éste al mundo ideal del ensueño con un primer alejandrino: "En el jardín nocturno brillaban las guirnaldas", que marca clarísimamente el clima de un ideal "sueño de una noche de verano" con todas sus reminicencias, desde Shakespeare a Scott Fitzgerald, pasando por las lánguidas ensoñaciones modernistas. Noten el ritmo estrictamente acentual, leyendo bien la sinalefa entre la 4ª y 5ª sílaba y la anacrusis de la sílaba "mo" en el segundo hemistiquio:

         Co-pas-     so-bre el-    cés-ped 
(mo)    ja-das-      de-ro-        -o





Serny

sábado, 10 de agosto de 2013

El artista y la modelo

   

  Hacía mucho, mucho tiempo que no me gustaba tanto una película. Su excepcional fotografía en blanco y negro, su ritmo, el tratamiento del asunto. Se trata de una reflexión profunda sobre la ceación artística. Una joya. Ni una sola secuencia es prescindible: la relación del artista con la obra, con la realidad de la que la obra es una reflexiòn, la autonomía de ésta, el sentido de la creación... lo aborda todo con una sencillez, con una honradez estremecedoras. 



   Me sonreí en muchas escenas durante la proyección. Una, por ejemplo, fue aquella en la que el artista le muestra a la joven modelo un apunte a lápiz de Rembrandt que recoge una escena doméstica. "Muy bonito", responde ella. Y el escultor no puede menos que enfadarse. Me recordé adolescente, corriendo adonde estaba mi madre con el radiocassette en la mano pidiéndole atención. "Escucha, escucha", le decía yo, y cuando ella me respondía: "muy bonito", se me caía el techo encima... No es que la palabra enoje,  es otra cosa, es que es tal la frustración... duele esa incomprensión, y entonces entiende una el mal carácter de muchos enfermos crónicos... es el dolor de la impotencia, de la soledad profunda.

   Poder hablar después largamente con E. sobre la película fue como sentir en la cara el agradable solecito tras mucho tiempo de frío y oscuro invierno.


Fotograma de la película

jueves, 8 de agosto de 2013

Dolor, belleza y poesía


   Me resisto a pensar que el dolor de verdad tenga nada de belleza y, sin embargo, el dolor es germen de poesía. Por eso me extraña tanto que poetas a los que admiro mucho hablen de poesía o de arte en términos de belleza.  Sólo dos cosas estoy dispuesta a conceder, a saber: a) que el proceso poético del dolor (aquella transmutación del dolor puro en emoción factible de ser reconocida y comunicada o aprehendida)  requiere una cierta ordenación del caos, que es siamés del dolor; y b) que la belleza, cuando es honda, duele. 

   Tendré que reflexionar sobre todo ello.

Frida Kahlo

martes, 6 de agosto de 2013

Frutería y sintaxis

   Bajo este título de entrada tan, digamos, peculiar pretendo compartir una anécdota que me dejó boquiabierta. Resulta que ayer por la mañana, cuando me acerqué a la frutería a comprar unos tomates y unos pimientos para asar, escucho lo siguiente entre el dependiente, la cliente que me precedía y un niño de unos ocho años que la acompañaba:
  Cliente.- ¿A cuánto están las berenjenas?
  Tendero.- Dos treinta, dos kilos.
 Niño pequeño.- (A la señora) Será "dos kilos, dos    treinta".
   No me lo podía creer, ese niño tenía una intuición sintáctica impresionante. Ni la madre ni el tendero le prestaron la más mínima atención pensando, seguramente, que el niño era un impertinente y un estorbo. Naturalmente el chiquillo no habría oído hablar jamás de lo que era un sujeto (¿o sí? con estos planes de estudios demenciales, no sabe una nunca), pero lo reconocía mejor que algunos de mis alumnos de bachillerato. Había intuido de manera natural que las palabras que deben abrir la expresión (la oración, claro) en una estructura atributiva en español son las que señalan la sustancia, la cosa en cuestión, y que el precio no era más que una atribución y por eso en nuestra lengua le correspondía, a menos que el énfasis fuerce otra posición, ir detrás.
   Que sí, que sí, que no lo estoy inventando, que es verdad, que el niño existe. Estuve a puntito de pedirle nombre, edad y domicilio para hacerle un seguimiento, pero me contuve, no porque la familia pudiera desconfiar de tanto interés inaudito, sino por no corroborar la sospecha de que el don acabe malográndose en pocos años.

Murillo

sábado, 3 de agosto de 2013

Maneras de mirar (5): "La hora infinita"

       LA HORA INFINITA

   Es el umbral en que mi madre interroga al poniente,
   en un día de 1975.
   Es una encrucijada de caminos.
   Alguien con un bastón hecho con ramas del árbol del olvido
   desató sus pasos.
   Es el sitio en que puse, de niño, rosas al porvenir.
   Es un verano antiguo y un alboroto de muchachas
   y la callada puerta que cruzaré un día por vez última.
   Es la muerte de mi hermana.
   Es un gallo en su hora infinita.
   Es eso que está en mi voz
   y de algún modo salva mi vida y la perdona.

                  (Rafael Adolfo Téllez, 1957-   )



  La madre, la hermana muerta, una puerta, las imágenes aldeanas, la omnipresencia del pasado...   La poesía de Rafael A. Téllez es una de las más personales de nuestra literatura; su clima es siempre reconocible. Este poema lleva su sello. 
 
  Propongo abordar este poema empezando por el vocabulario, porque éste lo tiñe de una sensación general de sencillez que ronda la indefensión. Téllez rebusca siempre lo que esté exento de oropel, lo que insiste en un cierto regusto broncamente elegíaco: rural y realista, íntimo y sobrio. Privilegia intuitivamente ciertas palabras claves para su poesía situándolas al final de cada verso, donde el buen lector debe detenerse unas décimas de segundo más por la pausa versal obligada, por el salto de línea que hacen los ojos... A las palabras les da tiempo de latir mínimamente más en el cerebro, que no por otra razón la poesía prefiere el verso a la prosa, sino para aprovechar esas connotaciones que ofrece la pausa versal y los posibles ecos que de ésta surjan. En este caso "poniente", "olvido", "vez última", pero también "mi hermana" (los lectores
de este autor conocen la carga de dolor tácito que la presencia de la hermana, la hermana muerta, presta a cualquiera de sus poemas), todos ellos son vocablos, sintagmas que de alguna manera comunican la languidez triste de lo que se pierde. Otra palabra que corrobora el clima elegíaco es "muerte", claro está, pero ésta no necesita ir seguida de pausa ni nada para que por sí misma resuene.

   Encontramos también un texto organizado en una estructura bastante más significativa de lo que parece: si el poema recoge una "hora infinita" es porque está compuesto con un orden que no dudo que sea intuitivo, como todos los grandes aciertos de un poema,  pero que sin duda cifra en él su emoción. Asistimos a instantes del pasado y del futuro que se comprimen en un presente actual y a la vez continuo gracias a la anáfora persistente de "Es". Observen si no los tiempos verbales ("desató", "puse", "cruzaré") o esas expresiones que recogen la síntesis del pasado y el futuro: "puse (pasado)... al porvenir" y "cruzaré (futuro)... por vez última". Por eso quien porta el bastón de "ramas del olvido" (personificación del tiempo) ha "desatado sus pasos". Y, si desata sus pasos, es decir, su avance, ¿no es verdad que no hará otra cosa que mezclar lo pasado con el futuro, que es lo que consigue esta larga enumeración de instantes impresos en la sensibilidad del poeta volviéndolo todo pura simultaneidad infinita?

   Y ahora... ah, la forma, qué especial es el ritmo de la poesía de Rafael Téllez. Sabemos que el poema tiene una armonía oscura que no se ajusta al cómputo silábico convencional ¿de dónde le viene esta eufonía? Yo creo que construye de modo instintivo sus poemas por medio de algo parecido a los pies métricos en las literaturas clásicas, aunque mucho menos encorsetado. Esto no es desde luego algo que Rafael se haya sacado de la manga. Desde los endecasílabos de gaita gallega populares, a los poemas del primer modernismo hispánico, pasando por los versos de arte mayor castellano del siglo XV, la poesía en español ha utilizado las secuencias de sílabas tónicas y átonas para marcar ritmo; aún más, no hay endecasílabo culto en español bien construido que no responda también a ciertos patrones acentuales como todos sabemos. Me costó un tiempo descubrir que el poema que hoy traigo a esta ventana sustenta su ritmo precisamente en la repetición de patrones acentuales: 

El primer verso repite el patrón de tres sílabas átonas seguidas de una tónica: 
   es-el-um-BRAL 
   en-que-mi-MA
   dre-in-te- RRO (ga).

El segundo, sigue el esquema de dos átonas seguidas de una tónica:
   en-un-DÍ
   a-de-MIL
   no-ve-CIEN
   tos-se-TEN
   ta-y-CIN (co)(sin sinalefa)

El tercero, se compone de pies que constan de una sílaba tónica seguida de tres átonas dejando la sílaba de la anáfora en anacrusis, esto es, fuera del cómputo:
   (es)
    U-naen-cru-ci
    JA-da-de-ca (MI-nos)

El verso cuarto sigue con el esquema tónica-átona-átona-tónica átona-tónica:
   AL-guien-con-UN-bas-TÓN
   HE-cho-con-RA-mos-DEL
   
Después repite el esquema átona, átona, tónica, átona, tónica, átona... Y así podríamos seguir hasta el final dejando libres de estas repeticiones rítmicas apenas unas cuantas palabras sueltas y significativas.

   El poema es, en resumen, enumeración sólo aparentemente caótica y que, además, está dividida en tres grupos de tres enunciados. En cada grupo encontramos una estructura idéntica: dos de los tres enunciados intentan compendiar pasado y futuro y el tercero es una frase conclusiva que implica muy directamente al poeta(*). 

  El lector está, pues, leyendo un inventario de experiencias que se saltan la linealidad temporal de forma buscada, percibiendo el presente marcado por un pasado cargado de promesas futuras ya segadas. Al otro lado del texto, el poeta se sabe un compendio de todos esos fracasos. En medio de este clima, aparece repetido el que es tal vez el símbolo personal más constante de Rafael A. Téllez, la puerta, el umbral, el único futuro que no le ha sido amputado. Las puertas de Téllez (Si no regresas junto al portón oscuro se llama el primer libro que este poeta publicó) dan paso siempre a ese eterno presente que es el mundo en el que se hallan los que ya no están, a los juegos con la hermana, a la aldea de su infancia ya irrecuperable, a los padres jóvenes... Así, traspasar su umbral es abandonar la medida del tiempo, es entrar en el ámbito de los que se marcharon y que no es otro que el tiempo infinito.


Hong Viet Dung
(*) Veamos cómo: 

   En el primer grupo (cinco primeros versos): primer "Es" que presenta a la madre, en una puerta, escrutando el final del día, durante un día del pasado; segundo "Es" y la encrucijada de caminos (referencia el futuro, todo camino ha de llevar a una meta después); conclusión: el tiempo y su olvido da marcha atrás.

  En el segundo grupo: primer "Es", y el niño que mira al porvenir; segundo "Es" el pasado y  la juventud con su carga de vida que intuimos fracasada. Conclusión: el poeta se cita aventurando su muerte.

  En el tercer grupo: primer "Es", la muerte de la hermana; segundo "Es" el amanecer que no llega a despuntar nunca; tercer y último "Es" conclusivo de todo el poema: el poeta se siente constituido por todos esos sucesos percibidos y se siente justificado en ellos.