domingo, 17 de mayo de 2015

Mala poesía

   Estoy empezando a pensar que hay muchas formas de escribir un mal poema. Una muy concreta pasa por el uso de la adjetivación: el poema malo propende a la adjetivación útil, es decir, a la que responde a aquello que el poeta en cuestión considere "poético, " y eso cambia con los tiempos, claro.  Para los más tradicionales, la adjetivación útil en términos poéticos es la consagrada por la recitación conocida  (que en estos días sería algo así como escribir "gentil", "purísino", "pálido"... con cierta frecuencia); para los iluminados por el surrealismo, la adjetivación útil es la irracional (y a modo de ejemplo aquí cabría cualquier despropósito, cualquiera, que en eso consiste la cosa). Un poema decente, sin embargo, nos pide su adjetivación única, quiero decir, aquella que califique imprescindiblemente la realidad hasta hacerla ella misma, hasta señalar su singularidad reconocible, hasta iluminarla con la luz sólo suya, la luz que la haga nueva no para el lector, sino nueva respecto a la manera de ser nombrada; debe ser la que señale lo que el lector conocía sin saberlo, lo que provoque la revelación de la cualidad que ya era para esa realidad única.
 Sí, estoy convencida, hay muchas maneras de escribir un mal poema, pero, entre ellas, la adjetivación es una de las más evidentes.
Duy Huynh

domingo, 3 de mayo de 2015

"Azolaores"

  E. está de obras en la casa. Durante las dos tardes que él debía impartir sus clases en la Facultad he estado allí, de guardia, abriéndoles la puerta a los que tenían que trabajar y dejando la casa cerrada cuando terminaban; cuidaba también de que los cartones que tenían que proteger el suelo protegieran realmente el suelo y de que el polvo no se extendiera más allá de lo razonable. Lo malo es que en ese escaso periodo de tiempo, aún no sé bien cómo, me las he arreglado para dejar a E. sin impresora, desincronizarle los canales de la tele y estropear definitivamente el calefactor, que aún se agradecía los primeros días de la semana pasada. Todo en dos tardes.  Pero la experiencia ha tenido su parte buena y ésta ha sido la alegría de ganar un vocabulario bellísimo: he conocido brevemente a José Manuel, nuestro Jefe de Obras, y con él a toda su cohorte de, no ya albañiles, electricistas, carpinteros y especialistas en cubiertas, sino también de perliteros y -el oficio cuyo nombre más me ha gustado- soladores. Sobre todo me gustó la palabra dicha por él: "azolaores", que me pareció decir el oficio de quienes atraen aves extrañas, o el de cantaores de un palo del flamenco; o, aún mejor,el de los encargados de extender sábanas al viento para hacer olas sólidas e inquietas. 

                            Kaspar Melberger el viejo


miércoles, 22 de abril de 2015

Enrique Baltanás: Privilegio y Condena

  Me llega el último libro de Enrique Baltanás: Las propiedades del aire. Fue el vigesimonoveno premio Unicaja y lo acaba de editar Pre-textos. Lo voy paladeando a salto de mata, que es lo que la vida me permite estos días -la vida y las condiciones de este género literario que se presta a los sorbos pequeñitos-. A última hora de clase, después de pasar lista en un segundo de bachillerato al que acompaño en su estudio mientras sus compañeros asisten a Religión, me he permitido el lujo de seguir hojeándolo brevemente. No me he podido resistir y los he despertado de la concentración en sus tareas de clase: "Oíd esto un minuto, luego seguís estudiando:

 PRIVILEGIO Y CONDENA   
Privilegio y condena  
es esta condición de ser tú mismo.  
Esta piel, estos huesos  
y este gesto, esta voz, esta costumbre 
son la alambrada que tu vida encierra, 
el muro levantado de una cárcel 
que únicamente a este recluso guarda. 

 Huir de esta prisión es imposible.
 
 Acepta tu condena. 
 Y haz honor a tan alto privilegio."


 Murmullos de aprobación y C. que no contiene su admiración: "¿Cómo puede escribir alguien así?"

 Sonrío satisfecha y los miro a la cara a todos antes de responder: "Tenéis que leer más poesía contemporánea".


 Excelente, magnífico poema, dentro de un libro todo él más que recomendable.



Alfred Seifert

martes, 21 de abril de 2015

Cordando con cuatro versos

De "Advent Calendar"

(...)
De la muerte tan solo sé
lo que se deja ver apenas
rasgando este cartón pintado
que es la vida.

(Donde la hoguera verde, Madrid, Hiperión, 2011)


jueves, 16 de abril de 2015

Maneras de mirar (20): Antonio Moreno, unamuniano

 LA RAÍZ

Ahonda la raíz
su curso por la tierra;
avanza abajo
y en realidad
se eleva al sol y al cielo.

Alza un hombre sus ojos
adonde van las nubes y unos pájaros;
mira a la altura,
y en realidad se siente más reunido,
llevado adentro.

                (Antono Moreno, Cuaderno de Kurtná Hora, 2015)

  Lo que entendemos por elevación y por profundización no son una misma cosa, pero se dan la mano y caminan juntas  -"!Adentro!", nos gritaba Unamuno cuando quería hablar de crecer- .  Para decir esto ha encontrado Antonio Moreno la mejor imagen: el árbol (su copa y sus raíces); y ha encontrado también la mejor forma de indicarlo: el paralelismo y la antítesis.

  Dos estrofas de cinco versos. Ambas exponen la relación que existe entre la elevación y la profundización. 
  Cada una de las estrofas, a su vez, empieza igual (paralelismo): un verbo en tercera persona del singular seguido por su sujeto, constituido por artículo más sustantivo, y seguido inmediatamente por un complemento directo de idéntica estructura en cada estrofa: (posesivo más sustantivo) que subraya el contraste dentro-arriba. 
Ahonda la raíz
su curso 
y

Alza un hombre sus ojos

También el cuarto verso de ambas, constituye otra repetición, esta vez literal:
y en realidad
 Y esta frase se convierte en abracadabra, bisagra, pasadizo y espejo entre el arriba y el abajo. 

 La primera estrofa es la que describe un árbol y dedica los primeros tres versos a dibujar concisamente el curso de sus raíces bajo la tierra, tras  la frase-pasadizo "y en realidad" nos deja ver estirarse las ramas al otro extremo hacia el sol y hacia el cielo  La segunda estrofa describe al hombre del que es metáfora el árbol y emplea los tres versos primeros a señalar la elevación de su mirada y, tras el ya sabido abracadabra, nos lleva a su "adentro".

  Las dos estrofas son, a la vez, reflejas: observar el árbol lleva a pensar en el hombre; describir al hombre lleva a usar el símbolo del árbol. Las dos dicen a la vez que la hondura es el reflejo de la elevación, que la elevación es el reflejo de la hondura. Y es en esta en la que insiste el poema: primera palabra del poema, "ahonda", última palabra, "adentro". También en el principio y el final de cada estrofa se insiste en la antítesis: "Ahonda" / "cielo", en la primera; "Alza" / "adentro" en la segunda.

 Las dos estrofas, pese a tener ambas el mismo número de versos (cinco), parecen construidas con versos de un número de sílabas dispar (anisosilabismo), pero no nos engañemos: una vez más la diferencia es sólo aparente en la primera estrofa: de la misma manera que el adentro y el arriba se corresponden, estos versos de 7, 5 y 11 sílabas son en realidad endecasílabos y heptasílabos (en la mejor tradición de la silva, estrofa cuyo nombre, encima, significa "selva" en Italia, de donde procede la estrofa); porque hay endecasílabos que han sido separados artificialmente a nuestros ojos engañadizos:

su curso por la tierra; / avanza abajo

y en realidad / se eleva al sol y al cielo.

Y en el buen poema, como en la vida, el caos, en realidad, no existe. Todo cuadra. 


Gon Alonso
                          


sábado, 4 de abril de 2015

Mañana de Viernes Santo

   Ha habido años, los de la inmadurez, en los que el horror al sufrimiento hacía que la oración ante el Sagrario abierto se convirtiera en un acompañamiento hasta las puertas del dolor. Sólo hasta las puertas, porque yo me quedaba fuera, rechazándolo. Tanto me repelía. Mi oración consistía entonces en repetir, a modo de jaculatoria: "quedaos aquí y velad conmigo, quedaos aquí y velad conmigo, quedaos...". Rechazaba así, el padecimiento, como los discípulos en el Monte de los Olivos, manteniéndome a una distancia prudente.
   Este año, sin embargo, he sentido un enorme consuelo delante del Monumento la mañana del Viernes Santo: la certeza irracional e insólita de que sus sufrimientos justifican los sufrimientos de aquellos a quienes quiero aquí... Ha sido como entrar intuitivamente en el misterio del dolor y llenarme de paz y de confianza.

Chagall