viernes, 18 de abril de 2014

Reconocer la grandeza del servicio

   El sacerdote me sorprendió durante la homilía de ayer. "Ser cristiano es dejarse servir por Cristo", dijo. Parecía una frase traída por pura sofistería para hablar del Jueves Santo, pero ese oportunismo retórico me pareció impropio de mi párroco. Esa frase es la vuelta del revés de la ignaciana "en todo amar y servir a Su Divina Majestad"; sin embargo, por poco que se fije uno, la frase que tanto me sorprendió no es su revés, sino su sabio origen, su lógica causa. 
  Servir debe ser una emanación natural, una especie de efecto de rebosado de la acción de Cristo en uno. De Cristo sabemos que su acción en la Tierra es (ha sido y es) un puro servir al Padre y servir a los hombres: un puro perdonar, salvar y entregar, -hasta donar su vida joven-. El servicio, lo sabemos, no puede ser un acto voluntarista, cuando lo es no es sano sicológicamente hablando. Sólo la emanación alegre y confiada, la emanación por rebosado del servicio de Cristo en nosotros nos hace realmente más humanos, más imagen de Dios (si esto cabe), más completos sicológica y espiritualmente. Ser cristiano es dejarse servir por Cristo, porque esta es la única señal de que reconocemos la grandeza del servicio.
  
Tintoretto

miércoles, 16 de abril de 2014

Minorías, semejanzas, Kaléko

   Hoy me ha dicho E que, según nosequién, los investigadores se acaban pareciendo a sus investigados. Se refería a la investigación universitaria humanística, claro.  Cree que es así, principalmente, porque uno suele elegir para estudiar a aquellos personajes con los que tiene alguna afinidad. Le parece que eso me pasa a mí con Macha Kaléko: que compartimos cierta actitud ante la vida y no pocos rasgos de temperamento. Valentía y sentido de la independencia, mezcladas con vulnerabilidad, es lo que ve en ambas. Yo pienso que compartimos también una férrea voluntad de salvar los obstáculos de la incomprensión; esa es una constante que se deja ver en la obra de Kaléko. Ella, judía en la Alemania del antisemitismo nazi, tuvo muchas razones para sentirse distinta e incomprendida y esa honda soledad trasmina todo lo que escribe. Mis razones, en cambio, no son genéticas; no sé qué raro mecanismo mental hace que yo no pueda dejar de sentirme en minoría -minoría de uno muchas veces-.


sábado, 12 de abril de 2014

Voces

  Entran voces por la ventana. Son dos desconocidos que se muestran felices y despreocupados en otro piso,  ignorantes de que su alegría privada se les ha vuelto azarosamente pública. A mí esta pequeña molestia para mi silencio me ha dado una alegría imprevista: la que sentía de niña cuando me despertaba la voz jovial de mi madre joven, un día sin colegio, hablando en la cocina con la muchacha que le ayudaba en la casa. Ese sonido de la felicidad viene acompañado del olor a bizcocho horneándose y también de la temperatura templada de abril. Ha sido como volver, tras el sueño de la noche, a un mundo en el que todo estaba en orden. Como el aviso de la llegada de una nueva armonía.

domingo, 6 de abril de 2014

Estos, Fabio, ay dolor...

   Visitamos el Yacimiento de doña Blanca, que está aquí, a las afueras de la ciudad. Se trata de un yacimiento arqueológico y es imposible no sobrecogerse ante la evidencia del tiempo paseando entre uno de sus más palmarios estragos. Los restos de un pasado dignísimo se mostraban delante de nosotros acompañados por carteles mal redactados y firmados por la Junta de Andalucía.
   Nos salió al encuentro quien hacía las veces de recepcionista elegantemente uniformado. 
 -Esto es la secuencia ecológica. 
 -¿Cómo? 
 -La secuencia ecológica  -repitió poniendo delante de nosotros un folleto lujosamente editado. Lo cogimos, claro, y, ante nuestra cara de extrañeza, vuelve a repetir ya visiblemente malhumorado:
 -¡La secuencia ecológica!
 -Gracias.
En el primer epígrafe de la preciosa cartulina doblada leímos: "Secuencia cronológica".
 -Y después dirán que estudiar lenguas clásicas no sirve para nada  -murmuraba  E. con sonrisa mal contenida. Y yo, señalando disimiladamente a nuestro amable informador:
 -Estos, Fabio, ay dolor...
Qué mirada tan triste la de la Minerva de Botticelli

viernes, 4 de abril de 2014

Las manías

  No soy animal de costumbres. Rara vez sé qué voy a desayunar al día siguiente, ni si desayunaré primero y después iré a la ducha o lo haré al revés; ni siquiera sé normalmente cuándo voy a cenar. No tengo hora fja para levantarme -aunque tenga que ser tempranera por razones de trabajo, todas las noche cambio la alarma del despertador y es posible que la varíe sólo10 minutos-; aún menos tengo hora para acostarme. No tengo un día para la colada, ni uno para ir a la peluquería; de hecho, me da cierta opresión tener fijadas esas fechas de antemano. Yo necesito cierto grado de improvisación, cierta libertad de maniobra, y asumo el estrés que ello pueda provocarme; peor sería la angustia de tener fijados mis movimientos.  No, no soy animal de costumbres y, sin embargo, hay ratos en los que me siento muy perdida y ciertas manías, determinados ritos, me devuelven a ese hogar sin sitio que tenemos todos dentro: dos bombones, tres o cuatro páginas de Proust, lavarme la cara con agua y jabón (nada de leche limpiadora, por favor), oler un earl grey recién hecho... un par de gestos, elegidos al azar de entre una cortísima lista de manías personales, me resguardan de ese miedo vago que me visita a veces.
Pierre Menard:

sábado, 29 de marzo de 2014

Dolor

 Ha llegado el dolor, el dolor físico, como llegaba el lobo aquel del cuento de los tres cerditos. Su mera aparición me lleva a buscar un refugio, un adentro; a tumbarme, a encogerme, a arroparme, a alejarme del afuera. Su soplido canalla, sin embargo, hace valer su poder. Contra él no hay refugio. Me he sabido expuesta a su crueldad, más cobarde que nunca. Sé que, ante su tiranía despiadada, somos siempre niños desamparados.
  Un resorte interior salta siempre en estos casos: hago planes para cuando el tirano se marche. Tomaré el sol -me digo- Empezaré a leer ese libro que llevo tanto atrasando. Cuando se marche, cuando se marche...

Diana Martín

domingo, 23 de marzo de 2014

Maneras de mirar un poema (12): "La rosa"

LA ROSA

Abrázate con desesperación 
a las rosas que existen.
las otras son mentiras, son
espinas que se clavan sin sentirse.
Inasibles fragancias, la razón
de fantasmas vagando por jardines
falsos. La carne es fría si el amor
no la quema con largas cicatrices.
Agarra bien lo que en el corazón
entierra su verdad y echa raíces.
Tu vieja flor del tiempo en el dolor,
la rosa verdadera en lo que vive.

        (Ängel Mendoza)

   Llevaba tiempo queriendo volver a la carga, con las "Maneras de mirar" sobre todo, pero también con decenas de cosas que no fueran las urgencias estas cotidianas que me dejan en suspenso y acrecentándose las ganas de la poesía. En fin, el domingo me permite este ratito para lo innecesario y lo demorable (lo innecesario y demorable suele ser lo que acaba ganando dentro de una prestigio y, paralelamente, avidez. 
   Llevaba ya como dos semanas queriendo asomar a esta ventana el poema que me hizo exclamar una frase de admiración cuando lo leí. Es éste de arriba y pertenece al último libro de Ángel Mendoza. Sus versos recrean, libre y sabiamente, el tópico del collige virgo rosas, con su descripción de la belleza pasajera y su modo verbal imperativo como foco central del poema, como mandan los cánones del tópico referido; pero Mendoza lo revisa introduciendo dos verdades necesarias que lo hacen más universal (más aún que el tópico de Ausonio) y más ético. Esas dos verdades son: por un lado, la extensión del consejo a los dos sexos (dos "géneros" dirían ahora los semianalfabetos anglicistas metidos a ideólogos); por otro lado, la otra verdad es no cifrar la felicidad en el goce pasajero, urgente, del momento (ay, las urgencias de nuevo...), sino ampliarla a una dicha serena que se extiende en el tiempo.
   Respecto a lo primero, no olvidemos que en el tópico clásico la voz del poema es la de un varón que "lleva sus miras" cuando le dirige el sermoncito a una mujer joven y bella. Nada de eso hay en este poema que podría estar en boca tanto de una mujer como de un varón y cuyo fin no es sospechoso de ser el de satisfacer ninguna intención egoísta. 
  Respecto a lo segundo -la extensión del mandato de ser feliz-, el poeta parece sustituir ese "coge" ("collige") imperativo y urgente ("dum flos novus et nova pubes" = mientras es nueva la flor y nueva la juventud) por un "Agarra bien lo que en el corazón / entierra su verdad y sus raíces" (y recuerden los lectores no andaluces que en esta tierra "agarrar" se dice como sinónimo de "echar raíces").
  Fíjense en que la oposición de Ángel Mendoza no es juventud+ / vejez-, como mantenía el tópico clásico, sino verdad+/mentira- ("entierra su verdad" / "las otras son mentira"), esto es, realidad / entelequia. 
  Conserva Ángel Mendoza la ligazón con la clasicidad usando verso rimado, sin dejar ninguno suelto, aunque él lo suaviza usando asonancias en lugar de las consonancias que le son originarias al tema en español. Mantiene también esta ligazón a lo clásico usando la acentuación propia del endecasílabo italiano (aunque forzando un pelín el primer verso, pero eso no le quita un ápice de armonía al conjunto). Lo hace mezclando el endecasílabo con heptasílabos y eneasílabos, pero es que esta es la forma más habitual del verso libre en español desde que Juan Ramón la consagrara en su Diario de un poeta recién casado, en la segunda década del siglo XX.
   Y aqui lo dejo. Ha sido tan solo un apunte para conseguir dos cosas: una, disfrutar aún más del poema avisando de su sabiduría; otra, repensar la belleza, sí, pero también repensar la relación entre verdad y dolor. 
   Y... eso, que ya lo dejo, querido lector; ya lo dejo donde tiene que estar: en tus manos.