lunes, 26 de septiembre de 2016

Tres haikus de amanecida

I

Siemprer amanece
como un largo bostezo.
Hoy me doy cuenta.


II

Muy de mañana
¿qué se dicen los pájaros
mientras dormimos?


III

En la ventana
lenta estalla la luz.
Mi amado duerme.


Es lo que tiene despertarse tempranito.




Jan van der Kooi


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Cordando acompañada, además, por Bobin

   He encontrado un libro que me sabe decir en estos asuntos. De él proceden los párrafos que siguen:  
  
   "La sangre que deja de correr por las venas de los muertos son sus vivos quienes la pierden" (...)


   "Es como si estuvieras detrás de un cristal o detrás del aire, detrás de algo que no es más grueso que un milímetro de aire, de luz y de cristal, estás justo al otro lado, cuando miro no veo nada. Si miro bien, durante mucho tiempo   -y escribo estas líneas para mirar bien, para mirar mucho tiempo este milímetro de aire, de luz y de cristal-   , si miro bien me digo que terminaré por ver, por comprender, y aunque mis ojos se hagan a la oscuridad, aunque el deslumbramiento de muerte disminuya de intensidad, aunque un día vea y comprenda, yo sé que este milímetro de aire, de luz y de cristal seguirá siendo para mí infranqueable, y en cambio tú lo franqueaste en un segundo. Es cierto que poseías todos los dones, es cierto que escribo también para eso, para decir: sé lo que es un genio, he conocido uno en mi vida" (...)


   "Al principio creí perder la voz  -la palabra y la muerte son como dos personas que quisieran entrar en  una habitación al mismo tiempo y se entorpecen, se quedan bloqueadas en la puerta-  (...)
 

                    (Bobin, Christian, La más que viva, (trad. Gutiérrez Cartera),Libros canto y cuento, 2015, pp.13, 16-17, 35)


domingo, 11 de septiembre de 2016

Sencillo asombro

   Tres franjas irregulares, de un rosa delicadísimo y luminoso se extienden generosamente horizontales allí, altas en el cielo. Las miro y me parece imposible tanta levedad e intensidad juntas, el color extremo, su posición tan lejana al horizonte... y en ese mismo instante las veo matificar, oscurecer y desvanecerse hacia un morado mucho más verosímil.
  Durante un segundo tengo la extraña certidumbre de que mi incredulidad las ha apagado. Siento entonces una ráfaga fugaz de convencimiento triste: la belleza sólo sabe mostrase a los ojos capaces de vivir en el sencillo asombro.

Minjung Kim

jueves, 8 de septiembre de 2016

Maneras de mirar (24): "El mendigo" de Brines entre todos los mendigos

EL MENDIGO


Extraño en esta noche, he recordado
una borrada imagen. El mendigo
de mi niñez, de rostro hirsuto, tornak
desde otro mundo su mirada dura.
Llegaba al mediodía, y un gruñido
de animal viejo le anunciaba. (Toda
la casa estaba abierta, y el verano
llegaba de la mar). Andaba el niño
con temor a la puerta, y en su mano
depositaba una moneda. Era
hosca la voz, los ojos fríos de odio,
y sentía un gran miedo al acercarme,
la piedad disipada. Violenta
la muerte me rondaba con su sombra.
Sólo después, al ver a los mayores
hablar indiferentes, ya de vuelta,
se serenaba el pecho. Me quedaba
cerca de la ventana, y frente al mar
recordaba las sombrías historias.

Esta noche, pasado tanto tiempo,

su presencia terrible y misteriosa.
me ha desvelado el sueño. Ningún daño
he sufrido de aquella voluntad,
y el hombre ya habrá muerto, miserable
como vivió. Aquellos años, otros
muchos mendigos iban por las casas
del pueblo. Todos, sin venganza, yacen.
Los extinguió el olvido. Vagas, rotas,
surgen sus sombras; la memoria turba
un reino frío y solitario y vasto.
Poderosos, ahora me devuelven
la mísera limosna: la piedad
que el hombre, cada día, necesita
para seguir viviendo. Y aquel miedo
que de niño sentí, remuerde ahora mi
vida, su fracaso: un anciano
me miraba con ojos inocentes.

        (Francisco Brines)


  Es obvio, pero lo reafirmaré: 
para 
hacerse una cargo de qué son
los periodos literarios y artísticos, no hay nada como coger 
un tema y ver desde dónde se mira y cómo se interpreta a lo 
largo del tiempo.

 El mendigo es un tema excelente para demostrarlo. 

Espronceda nos lo dibujó orgulloso y rebelde, en la
tónica del Romanticismo; Víctor Hugo, como víctima
de la sociedad, López Velarde lo usó como excusa para
esa verbosidad hueca de los ecos del Modernismo...v

   Lo malo del asunto es su peligrosa aptitud para el

melodrama y el patetismo. Lo deja servido en bandeja y
casi todos los poetas que lo han abordado han caído, en
mayor o menor medida; incluso Ángel González,
compañero de promoción de Brines, se dejó resbalar 
hacia este difícilmente evitable sesgo construyendo un 
mendigo sin raíces y penosamente dependiente... Pero
Brines hace una pirueta que parecía imposible y los 
sortea. El "yo" del poema del valenciano no es el 
mendigo, sino un observador externo, un intérprete fiel
la poética del momento en que escribe(el poema 
pertenece a un libro ya de 1997, Palabras en la oscuridad,
y cabe insertarlo en los mejores hallazgos de la poesía 
de los 80 y  de la -para mí mal llamada- posmodernidad).
Es fiel, decía,porque se acerca al personaje-tema 
desde dos puntos de vista distintos: el del rechazo
y el de la comprensión. El transcurso del tiempo justifica
la antítesis. La seca y desnuda verdad de las dos emociones,
en las que los lectores nos reconocemos, lo levanta sobre 
cualquier histrionismo sentimental.

  Este juego de dos tiempos (ay, la infancia, tan relevante 

en la generación del 50 y en sus herederos) dibuja una 
apertura desde el "yo" observador (el niño, que no sabe salir 
de sí porque desconoce el mundo  y su el rechazo incomprensivo 
y temeroso) hacia la observación del hombre maduro que se abre 
al otro y se conmueve y se compadece (se mueve y padece con él). 
De estos dos puntos de vista surge la estructura formal del poema 
en dos partes de extensión prácticamente idéntica. Uun marcador se 
encarga de establecer la cohesión: la mirada
y , y otro que se encarga de señalar el 
contraste: temor / piedad. Mientras, la muerte
 lo sobrevuela todo.

   El poema, representa muy bien a la poesía española 

de su tiempo, a la generación que supo devolverle la
intimidad y emoción sin renunciar a recoger la verdad
social. 
   Terminaré añadiendo de pasada (en algún momento hay 
que cerrar estas ventanas en las que me obligo a 
cierta brevedad), que hay dos temas secundarios en el 
poema (o un mismo tema recogido por dos motivos diferentes)
que me han hecho pensar en otros dos poetas: uno mayor que
Brines, otro más joven: el tema es la revelación,
y los motivos:uno es "la duermevela" o "el sueño"  como momento 
de iluminación de verdades cruciales (tan presente en la
poesía de Antonio Machado); el otro, la mirada del anciano,
como otro síntoma vivísimo de esta 
revelación,que me lleva a recordar un cuento excelente
de Benítez Reyes, "El mago de los ojos". Estas asociaciones
me confirman, una vez más, que existen unos hilos, a ratos
inconscientes, que son los que tejen nuestra tradición 
literaria. 
   En los trabajos a los que ahora me refiero de estos 
tres poetasse nos queda un poso que identificamos con
una parte esencial de la vida: la extrañeza. 

                             

El                              Luis García Ferris





viernes, 5 de agosto de 2016

Letteren Bibliotheek

   Las escaleras que frecuento estos días me recuerdan, pese a no ser subterráneas, pasadizos inhóspitos del metro. Los pocos que las transitan se mueven como enajenados o autistas. Inexpresivos, jamás saludan, jamás cruzan la mirada entre ellos. 
   Por otro lado, las plantas que comunican estas escaleras son de una simetría que las vuelve prácticamente idénticas (las puertas que les dan entrada solo difieren en un par de palabras, a las que apenas alcanza la vista, en una lengua que no entiendo). He sabido con el tiempo que las pequeñas fotos en ellas, buscadamente familiares de personas que ya no pueden estar vivas, no son las mismas.  Un día llegué a estar más de dos horas en una sala y no supe que no era la que creía hasta que me levanté a buscar un libro en las estanterías: me había equivocado de piso. Quienes allí se sientan conmigo, no hacen ruido alguno, parecen envueltos en una campana de vacío invisible. Todos son sombras casi inmóviles y en número tan escaso como el de cualquiera de las otras plantas. Las librerías forman largos pasillos equivalentes a cuyo inicio puede verse una combinación de letras levemente variable: LLL, LHL...
   Desde el primer día he pensado  que me sumerjo casi a diario en aquella zona que el personaje de Borges nunca encontró en la Biblioteca de Babel, aquella en la que sus inmortales bibliotecarios han ido apartando los volúmenes a los que el azar había conferido alguna clase de sentido.


Erik Desmaziéres