lunes, 1 de septiembre de 2014

Una niña se sienta tras su pupitre


LA NUEVA DE LA CLASE
 Una niña se sienta tras su pupitre una mañana de octubre. Hace sol afuera pero, en el aula, algo gris tamiza la luz radiante de la calle; es, tal vez, la sombra de las persianas, o podría ser el suelo oscuro que imita granito pulido y dibuja una cudrícula perfecta bajo las mesas. A la niña le da vergüenza saber respuestas que sus compañeras desconocen y le preocupa ignorar costumbres que las demás dominan (la mecánica para pedir ir al "cuartito", o el pasillo infrecuente que acorta el camino violando levemente la clausura). Se asombra y calla. La mañana se va quebrando en un puzle mal resuelto; un puzle gris. A sus seis años ya empieza a sentirse inexplicablemente distinta. 
 Quizá aquel grisoctubre de 1966 es el color que cierta clase de miedo da a las horas.

lunes, 25 de agosto de 2014

De Peter H. Carlan

   Con un poema de un alemán contemporáneo vuelvo a mis sudokus de emociones y palabras. No tengo ninguna referencia de él en español; añado así otro placer al placer de traducir: el de descubrir.


DEIN KUSS

Ich hatte meine Hände
zu einer Schale geformt

so wie man Wasser schöpft,
um zu trinken

und trug darin
auf dreifache Weise

in meinen Hände
auf meinen Lippen
in meinem Herzen

deinen Kuss nach Hause,

weckte ich ihn ein in ein
Erdbeermarmeladenglass

und wecke ihn auf
in allabendlicher Umarmung.


TU BESO

Había puesto yo las manos 
a modo de cuenco

como quien saca 
agua para beber

y me llevaba allí 
de tres maneras

en las manos
en los labios
en el corazón

tu beso para casa,

lo envasé en un tarro
de mermelada de fresa

y lo destapo 
con el abrazo de cada noche.


Montserrat Gudiol





jueves, 21 de agosto de 2014

Cordando

Y esta noche leeré en público "Ojos claros, seremos / si de un dulce mirar sois alabados...". Me dicen que mi voz transmite tristeza. No quiero que sea así.



miércoles, 20 de agosto de 2014

Dos géneros antagónicos y un espectáculo magnífico: Noche de verano con los clásicos



   El espectáculo de mañana tiene como finalidad recaudar fondos para la restauración de once óleos de gran formato que no se pueden dejar perder. Yo quise poner mi granito de arena. Le dije a José Luis Alonso de Santos que quería colaborar. Estoy acostumbrada a leer y decir verso, claro, pero actuar es otra cosa, le dije, lo mío no es actuar, ni muchísimo menos; de hecho tengo un cierto pánico escénico y eso de saberme observada me violenta terriblemente. Quedamos en que yo podría aparecer en uno de los coros recitativos (el de La vida es sueño es magnífico, ya lo verán, José Luis ha hecho una versión que lo marida con el teatro clásico griego, dos corifeos y dos coros que se unen al final... espléndido, ya digo). Bueno, pues el director me hizo una prueba ante micrófono y me dio, además, un breve poema de nuestro temprano petrarquismo: el popularísimo  madrigal de Gutierre de Cetina, "Ojos claros, serenos...", ya saben.
  Y ahí me he visto gran parte del mes de agosto, acudiendo a los ensayos... Una experiencia interesante esta de los ensayos teatrales. Ver en acción a Alonso de Santos será una batallita que contaré a mis sobrinos-nietos y de la que presumiré toda la vida. Pero qué traumático ha sido a ratos. Algo en mi interior me impedía declamar, decir expansivamente las palabras de Gutierre de Cetina y mi lucha por hacerlo y responder a las expectativas del director chocaban con mi actitud ante el propio texto. ¿Por qué, por qué, por qué?

   Creo que el género dramático y la poesía lírica son dos formas literarias tan diferentes, tan antagónicas en muchos aspectos... En primer lugar, teatro es centrífugo en tanto que la poesía es centrípeta. Quiero decir que, en el drama, la energía (la poiesis) va hacia fuera y las palabras tienen que convertirse en un torrente que alcance a un grupo numeroso de personas, en un espacio que siempre tiene acompañantes (escenario, gestos, iluminación significativa), cuando no obstáculos (la cabeza del de delante, la respiración de el de al lado, los tacones de salir...). La poesía lírica, en cambio, tiene como destino la identificación íntima e individual. Es fundamental tener claro que en el teatro el espectador está viendo los amores de otro; en el poema, sin embargo, es el receptor del poema el que está balbuciendo su propia experiencia amorosa, aunque sea imaginada; el protagonista en el acto de poesía no es un personaje, eres tú, lector, tú y tus amores. Si el teatro, según Aristóteles, produce catarsis, la poesía por el contrario produce toma de conciencia personal. Por eso aunque ambos, drama y poema, usen el verso, lo hacen de manera radicalmente distinta. José Luis nos recomendaba olvidarnos de la pausa versal (y yo pensaba: horror ¿cómo voy a hacer  eso?). Está claro: el verso es para un dramaturgo un recurso maleable que está al servicio de la expresión actoral; el verso para el poeta es el vehículo más valioso para connotar emociones, es el único vehículo físico, porque no se apoya en gestos ni en efectos de luz, ni de decorados, ni tan siquiera en los matices de la voz... Si altero el ritmo (si cambio pausas) violento las connotaciones sonoras que el autor propuso.    
  Un ejemplo de esto lo encontramos en norrecuerdoahoraquién (¿Dámaso Alonso?) que dijo que el acierto del endecasílabo italiano que importaron los petrarquistas españoles fue romper con los "torpes aletazos de avutarda" del verso de arte mayor castellano de aquellos largos poemas alegóricos del siglo XV; en su lugar, el ritmo el del nuevo endecasílabo resultó ser más hábil para las emociones sutiles. Para demostrar la importancia de lo que ahora digo, casi todos los años hago el mismo ejercicio con mis alumnos: poniendo yo la cara más inexpresiva e intentando no modular la voz más allá de la marcación de los acentos y las pausas requeridas por el verso, les digo: ¿cuál de estos mensajes provoca una cierta preocupación y cuál nos da ganas de salir bailando? (hay que leerlos marcando bien los acentos y las pausas versales ¿eh?):

 "Ay, pobre Juana de cuerpo galano
ay, pobre Juana de cuerpo cortés"

o

"Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando..."

  Todos se dan cuenta, sin excepción, de que, pese a que a Juana parece que le ocurre algo ("pobre Juana"), no debe de ser muy grave, porque se nos incita a bailar, en tanto que el segundo texto...  ¡Claro!, les digo yo, Es que el ritmo de los primeros versos está concebido para el baile y tiene que hacerlo sin aditamentos, sin que se vean los trajes regionales ni suenen las gaitas ni se ilumine el centro de la plaza. A solas y marcando sólo los acentos y las pausas que están en el verso, uno se siente a sí mismo, por dentro, bailando; no tiene que ver a nadie que baila.

  El teatro es otra cosa, ya digo. La dirección de las palabras, su trayectoria, son diferentes, su fuerza se canaliza de otra manera más física (centrífuga la llamé arriba y me parece buena la imagen). Un texto lírico interpretado sobre un escenario, ya es otra cosa, es espectáculo; y el que va a tener lugar mañana en los jardines de una Bodega de Osborne va a ser eso, todo un espectáculo maravilloso que va a entrar por los sentidos: el piano excepcional de Pedro Salvatierra, la voz de la jovensísima soprano, Elena Salvatierra, la genialidad de José Luis Alonso de Santos dirigiendo, los actores profesionales y los colaboradores aficionados... El resultado, en mi opinión, es magnífico. Alonso de Santos ha puesto mucho esfuerzo. El mío, más pequeño, HA MERECIDO LA PENA.

domingo, 17 de agosto de 2014

Maneras de mirar (15): El efecto mozartkugel en un poema de Antonio Praena

MÁS AL NORTE

Según se acerca nuestro vuelo al Polo Norte,
todas las referencias son inútiles.
Pierden su alcance los radares,
los números son cifra del vacío.
Un desmayo muy dulce nos embriaga,
una clara ignorancia definible
tan sólo por el verbo plenitud:
no sabes regresar y, sin embargo,
presientes ya tu patria.

               (Antonio Praena) 


 ¿Saben qué pasa cuando uno prueba por primera vez un bombón Mozart, uno de esos Mozartkugeln tan buenísimos que traemos de regalo cuando vamos a Salzburgo?  Que empieza uno disfrutando del chocolate y, conforme va adentrándose en él, descubre que dentro hay un núcleo inesperado, mucho más delicioso aún por lo sorprendente y porque el contraste con la expectativa creada multiplica el placer. Eso mismo ocurre con algunos poemas: se empieza leyendo unos versos, impresionado por su calidad, disfrutando del ingenio, la calidez, la armonía con la que se aborda un asunto y, conforme se avanza en la lectura, se va descubriendo un sabor, un tema, una perspectiva que es diferente, que ilumina las primeras palabras leídas con una luz distinta, nueva; y eso le da una riqueza significativa multiplicándose el placer intelectual. 

  Ese es el magnífico resorte del poema que traigo hoy a esta ventana.  Estamos ante nueve versos que empiezan como la crónica de un vuelo en avión. Se aborda ésta con un vocabulario propio de las ciencias tecnológicas: "radares", "referencias, "números", "cifra" incluso esa mención plural ("nuestro vuelo") parece aportar al texto el tono que adoptaría el cronista de la expedición. Así de impersonales e informativos parecen los cuatro primeros versos.
   En el verso quinto, el punto de vista va cambiando y con él el asunto: "Un desmayo muy dulce nos embriaga", dice , manteniendo el plural del cronista de esta aparente aventura compartida. Sin embargo, ahora el vocabulario deja de tener reminiscencias tecnológicas para asumir términos de claro antecedente místico: recuerden el "desmayo dichoso" de la Oda a Francisco Salinas de Fray Luis de León,o la "embriaguez mística" que otros mencionan. El lector va encontrando a partir de ahora referencias a lo que ha leído en ascetas y místicos. Esa "clara ignorancia" recuerda a la "secreta escala" o a  "sin otra luz ni guía" o ese "quedéme donde no supe" de los poemas de San Juan de la Cruz. Pero el efecto del poema va in crescendo, en un movimiento que la retórica llama climático porque apunta a una cada vez mayor intensidad emocional o clímax: el paso de la primera persona del plural es definitivo; con él se transforma la persona del poema en un directísimo "tú" ya en los dos versos finales, y el lector no puede escapar a la alusión, a la implicación emocional.
 Comprende el lector ahora que ese destino claro pero difícil(todas las brújulas señalan el norte, pero "las referencias son inútiles") no es, naturalmente, el Polo, aunque tampoco esta localización es la metáfora de cualquier meta en la vida, sino una muy concreta. Comprende el lector también  que la patria presentida, esa que no es de donde partes, sino adonde llegas sin saber cómo, es la patria para la que fuiste creado TÚ. 
  Y ahora la métrica. ¿Cómo apoya el ritmo este movimiento climático? El poema está constituido por siete endecasílabos blancos. Estos se ven abrazados por dos versos de distinta medida: un alejandrino (sabiendo que necesitaremos hacer una diéresis en vuelo para su justa pronunciación), verso amplio, como el recorrido del vuelo, que es el que abre el poema; y un heptasílabo final que lo cierra y sentencia lacónicamente las palabras del climax del poema ("presientes ya tu patria"). Y resulta que presentir la patria, esto es, la tierra del Padre, es la situación de la vía iluminativa en la que ascetas y místicos esperan y adivinan lo que pueda ser encontrarse más tarde en ella. Ese encuentro será la vía unitiva.

  Antonio Praena es dominico y profesor de la Facultad de Teología de Valencia además de ser un poeta muy joven que tiene en su poder varios de los premios más prestigiosos de poesía.

William Bradford

domingo, 10 de agosto de 2014

Las ciudades y la narrativa: Tren nocturno a Lisboa

   Hay ciudades cuya simple mención ya evoca un estado de ánimo.
   La importancia del lugar en el argumento y, sobre todo, en el tono de una obra narrativa es mucho mayor de la que imaginamos. Qué acierto el de Cervantes al empezar su novela universal localizando "en un lugar de la Mancha" el principio de las correrías de su hidalgo desquiciado. Tal vez sea esta frase, junto al shakespereano "to be or not to be" la más popular de entre todas las literaturas.  La Mancha respecto a El Quijote y el Tormes respecto a El Lazarillo son el resorte que sitúa sus respectivas tramas, no tanto en una geografía, como en un género y en una perspectiva. Lo hace una desde el propio título, la otra desde las primeras palabras del texto; pero ambas instalan al lector en un realismo claramente paródico de las novelas fantasiosas que tanto se estilaban en el siglo en el que fueron escritas. Sí, fue un gran acierto el de Cervantes.
   Decía ariba que hay ciudades que evocan un estado de ánimo. Eso es lo que me hizo pensar el título y las localizaciones de Tren nocturno a Lisboa. Decir hoy Manhatan, Orán, Berlín,o Kioto es predisponer a climas muy distintos; situar una acción en Lisboa hoy es evocar vestigios de nobleza devastada, de persistencia crepuscular; es imaginar tranvías antiguos, puertos de arribadas cansadas, anticuarios ancianos que invitan a una copa de oporto en su tienda: es señalar la nostalgia digna de lo perdido.
   El tema de la película es el de las películas de intriga y defensa de la libertad que habitualmente hemos visto enmarcado en la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial, pero, en este caso, lo encontramos ubicados en la dictadura salacista (de hecho, me llama mucho la atención que al grupo de los jóvenes opositores en la clandestinidad se les denomine continuamente "La Resistencia": es la primera vez que veo el término aplicado a la oposición salacista). Lisboa es un cambio sentimental importante. Se subraya  el compromiso con la vida a partir de una trama de amores y celos y, sobre todo, de una segunda línea de acción en claro contraste: la de un viejo profesor de vida anodina que, cuarenta años después, descubre la historia y, subyugado por tanta vida bordeada siempre (¿o diré mejor "galardonada"?) por la muerte, nos lleva a conocer poco a poco aquellos hechos.
  La película es lo que es porque está aderezada por dos ingredientes: por las brevísimas citas de unos poemas en prosa y, sobre todo, por un truco subrepticio: la ciudad de Lisboa con sus calles estrechas, sus cuestas y tranvías, su paisaje decadente, sus palacios que guardan el fósil de la vidas.  
  Ya ven por qué he empezado hablando de la importancia de la ciudades en la narrativa.