domingo, 15 de febrero de 2015

Maneras de mirar (19): María Victoria Atencia y un monólogo dramático


MARTA Y MARÍA 
 
Una cosa, amor mío, me será imprescindible 
para estar reclinada a tu vera en el suelo: 
que mis ojos te miren y tu gracia me llene; 
que tu mirada colme mi pecho de ternura 
y enajenada toda no encuentre otro motivo 
de muerte que tu ausencia.

Mas qué será de mí cuando tú te me vayas. 
De poco o nada sirven, fuera de tus razones, 
la casa y sus quehaceres, la cocina y el huerto. 
Eres todo mi ocio: 
qué importa que mi hermana o los demás murmuren, 
si en mi defensa sales, ya que sólo amor cuenta. 
 
       (María Victoria Atencia, Marta & María, 1966) 



 Hace un par de meses escogí este poema para homenajear a MªVictoria Atencia en una lectura pública. Los destinatarios, miembros de un club de lectura que tenía su sede en la biblioteca, eran mayoritariamente mujeres de mediana edad para arriba. El poema es magnifico, pero, además, el asunto y el tono que adopta la voz femenina me parecieron especialmente indicados para aquel momento. Hoy he querido "mirarlo" aquí, con vosotros.

 El poema consiste en un monólogo dramático, uno de esos que estudió Langbaum (1) al caracterizar cierta poesía británica del XIX. En estos hay siempre un doble juego: cuenta saber qué personaje habla en el poema y cuenta muchísimo la identificación que sea capaz de hacer el lector con tal personaje. El egocentrismo romántico se diluye con esta técnica y el impudor sentimental es aceptado por los lectores contemporáneos sin cortapisas; esa es la clave poética de esta técnica que en el siglo XX ha dado tantos buenos poemas en la literatura española (Cernuda, Gil de Biedma, Guillermo Carnero, Anibal Núñez...) y también en toda la Literatura europea (Cavafis tiene algunos fabulosos). Aquí habla María, el personaje del Evangelio de S. Lucas, la hermana de Marta y de Lázaro, y su interlocutor es Jesús de Nazaret. Mis oyentes talluditos lo veían de inmediato, pero los más jóvenes supieron también reconocer la entrega de un amor sincero y desinteresado. Los primeros disfrutaron más el poema, claro, porque estos versos iluminan a María y, por ende a todo el Evangelio, con una luz nueva (y en eso consiste el arte, no lo olvidemos, en presentar con luz inédita la realidad).

  Siempre admiré en Atencia la altísima poesía que sabe extraer de los elementos más humildes y cotidianos. Estos versos son un bonísimo ejemplo: la poeta envuelve la escena en "la casa y sus quehaceres", en "la cocina y el huerto", en el tierno y coloquial dativo ético de ese "tú te me vayas", en las murmuraciones a las que son tan proclives todas las comunidades estrechas... Lo hace, además en un todo equilibradísimo en el que la fuerza del amor no es una conmoción violenta, una marejada, sino una pleamar de plenitudes.

  La forma del poema cuenta, claro está. Fíjense que la palabra "amor" sólo aparece dos veces y lo hace para enmarcar el poema: en el primer verso y como penúltima palabra. Los armónicos y amplios alejandrinos se convierten en un todo que encierra un movimiento como de ola en dos estrofas, y así vemos la satisfacción que da la contemplación de la persona amada de los primeros versos (ola que llega e inunda en abundancia serena), hasta la posibilidad de la ausencia que está expresa en el verso final de la primera estrofa. Este incluye la palabra "muerte". Muerte y ausencia aparecen juntas en sólo siete sílabas, el verso más corto de la estrofa (y percibimos ese vacío como de ola retirada). La segunda estrofa empieza con esta ausencia temida: "Qué será de mí cuando tú te me vayas" (!y qué delicioso el juego de los pronombres con el dativo ético!), sigue aún en el verso siguiente la sensación de privación y abandono con esos "poco" y "nada" ("de poco o nada sirven...")  para esperar la nueva carga aún más plena del oleaje y terminar con un absoluto "sólo amor cuenta". Y se subraya fónicamente la abundancia, con esas vocales abiertas y definitivas.  Contrasta esta rotundidad de las oes y las aes  del final del poema con las íes agudas, con su sonoridad casi infantil de la palabra "imprescindible"en el primer verso. Es en este verso final, sin embargo, cuando las vocales redondas muestran el amor más sencillo y más pleno, como un tsunami pacífico y definitivo.





Henry Ossawa Tanner

(1) The Poetry of Experience: The Dramatic Monologue in Modern Literary Tradition (Nueva York, Random House, 1957). Con qué cariño guardo un ejemplar de una reedición británicadel mismo. No es ningún raro, pero lo compré con enorme ilusión hace casi 20 años en una librería de viejo londinense.

3 comentarios:

Ignacio Pantojo dijo...

Inmaculada ama y nos enseña a amar la poesía. La disecciona y nos la muestra desnuda y a pedazos, para que al releerla apreciemos sus músculos, nervios y sentimientos. La exprime para sacarle todo el jugo que nos da a beber y,a mí,me sacia.

Ignacio Pantojo dijo...

Inmaculada ama y nos hace amar la poesía.
La disecciona y nos la muestra desnuda y a pedazos para que, al releerla, apreciemos sus músculos, sintamos sus nervios y nos conmuevan sus sentimientos.
La exprime para sacarle todo el jugo que nos da a beber y, a mí, me sacia.

Inmaculada Moreno H. dijo...

Muchísimas gracias, amigo Ignacio.