martes, 24 de marzo de 2015

Otra vez palmeras

   Han vuelto a poner palmeras donde se perdieron las que yo había conocido desde la infancia. Una votación popular ha hecho que se repongan las afectadas por no sé qué epidemia. Desilusión. Ahí vuelven a estar y no me gustan, no me han gustado nunca. Las siento inexplicablemente ajenas a mi paisaje sentimental, ese que sólo concibo poblado por pinos de copas frondosas, verdes y onduladas, por mis jugosos y cotidianos naranjos salpicados de blanco aromático o frutos brillantes
  Esa avenida de las palmeras me había parecido siempre una especie de decorado paralelo al río, parte de una tramoya urbana urdida para turistas con pretensiones de resort caribeño, quieroynopuedos del lujo arábigo. Que no, que no me gustan las palmeras: su imagen me evoca calor, viento seco, oasis precario. Las copas no dan apenas sombra, los frutos son pringosos, oscuros y secos... Y, además, están siempre apagadas, rígidas y apagadas, como si las cubriera la pátina de un polvo deslucido y perenne.

Julio Álvarez Carballo

1 comentario:

Suso Ares Fondevila dijo...

Eso me pasó a mí durante años hasta que, un día, empezaron a gustarme.