domingo, 6 de octubre de 2013

El fondito triste

   Tienen desde siempre los domingos un fondito triste, una especie de regusto ligeramente amargo que con los años se me ha quedado pegado a nosequé meninge rara en el cerebro o en esos espacios mínimos que de puro invisibles se nos figuran míticos. Sí, por esos rincones debe de andar esta sensación, tan enquistada, que ni el levantarme tarde ni la misa la esquivan. 
   Salir por el centro de la ciudad siempre ha sido tumbante: ver a las parejas, a las familias como dándole bocanadas al solecito buscando una migaja de queseyó insuficiente me pone triste.
  Tal vez es que el domingo siempre trae la sensación de expectativa frustrada de antemano: el descanso feliz, la armonía, la paz... nos fueron prometidos, cuando lo que acaba viniendo en realidad de la mano del día son los compromisos ineludibles, la pesadez de algún pariente, o -y aquí viene lo peor- el aviso del lunes que va ya dejándote el aliento perseguidor en el cogote...  Ay, el terrorífico soniquete de los partidos de fútbol radiados que un tío mío se ponía después de la merienda, esa cacofonía prolongada -aunque bajita, muy bajita- que acompañaba al convencimiento de que todo el día había sido un simulacro forzado de la felicidad. Y, mientras tanto, adivinabas ya a tu madre en tu cuarto, sacando del armario el uniforme del colegio planchadito, muy bien planchadito.


Bazille

    

2 comentarios:

Fernando dijo...

Exacta descripción, Inmaculada.

Si vivieras en Madrid añadirías el espectáculo de la gente yendo arriba y abajo por la Gran Vía, caminando pesadamente, sin tener nada que hacer.

Qué alivio, el lunes, dirá más de uno.

Inmaculada Moreno H. dijo...

Ah, pero eso ocurre en la Gran Vía sólo los domingos? ;-)