miércoles, 20 de agosto de 2014

Dos géneros antagónicos y un espectáculo magnífico: Noche de verano con los clásicos



   El espectáculo de mañana tiene como finalidad recaudar fondos para la restauración de once óleos de gran formato que no se pueden dejar perder. Yo quise poner mi granito de arena. Le dije a José Luis Alonso de Santos que quería colaborar. Estoy acostumbrada a leer y decir verso, claro, pero actuar es otra cosa, le dije, lo mío no es actuar, ni muchísimo menos; de hecho tengo un cierto pánico escénico y eso de saberme observada me violenta terriblemente. Quedamos en que yo podría aparecer en uno de los coros recitativos (el de La vida es sueño es magnífico, ya lo verán, José Luis ha hecho una versión que lo marida con el teatro clásico griego, dos corifeos y dos coros que se unen al final... espléndido, ya digo). Bueno, pues el director me hizo una prueba ante micrófono y me dio, además, un breve poema de nuestro temprano petrarquismo: el popularísimo  madrigal de Gutierre de Cetina, "Ojos claros, serenos...", ya saben.
  Y ahí me he visto gran parte del mes de agosto, acudiendo a los ensayos... Una experiencia interesante esta de los ensayos teatrales. Ver en acción a Alonso de Santos será una batallita que contaré a mis sobrinos-nietos y de la que presumiré toda la vida. Pero qué traumático ha sido a ratos. Algo en mi interior me impedía declamar, decir expansivamente las palabras de Gutierre de Cetina y mi lucha por hacerlo y responder a las expectativas del director chocaban con mi actitud ante el propio texto. ¿Por qué, por qué, por qué?

   Creo que el género dramático y la poesía lírica son dos formas literarias tan diferentes, tan antagónicas en muchos aspectos... En primer lugar, teatro es centrífugo en tanto que la poesía es centrípeta. Quiero decir que, en el drama, la energía (la poiesis) va hacia fuera y las palabras tienen que convertirse en un torrente que alcance a un grupo numeroso de personas, en un espacio que siempre tiene acompañantes (escenario, gestos, iluminación significativa), cuando no obstáculos (la cabeza del de delante, la respiración de el de al lado, los tacones de salir...). La poesía lírica, en cambio, tiene como destino la identificación íntima e individual. Es fundamental tener claro que en el teatro el espectador está viendo los amores de otro; en el poema, sin embargo, es el receptor del poema el que está balbuciendo su propia experiencia amorosa, aunque sea imaginada; el protagonista en el acto de poesía no es un personaje, eres tú, lector, tú y tus amores. Si el teatro, según Aristóteles, produce catarsis, la poesía por el contrario produce toma de conciencia personal. Por eso aunque ambos, drama y poema, usen el verso, lo hacen de manera radicalmente distinta. José Luis nos recomendaba olvidarnos de la pausa versal (y yo pensaba: horror ¿cómo voy a hacer  eso?). Está claro: el verso es para un dramaturgo un recurso maleable que está al servicio de la expresión actoral; el verso para el poeta es el vehículo más valioso para connotar emociones, es el único vehículo físico, porque no se apoya en gestos ni en efectos de luz, ni de decorados, ni tan siquiera en los matices de la voz... Si altero el ritmo (si cambio pausas) violento las connotaciones sonoras que el autor propuso.    
  Un ejemplo de esto lo encontramos en norrecuerdoahoraquién (¿Dámaso Alonso?) que dijo que el acierto del endecasílabo italiano que importaron los petrarquistas españoles fue romper con los "torpes aletazos de avutarda" del verso de arte mayor castellano de aquellos largos poemas alegóricos del siglo XV; en su lugar, el ritmo el del nuevo endecasílabo resultó ser más hábil para las emociones sutiles. Para demostrar la importancia de lo que ahora digo, casi todos los años hago el mismo ejercicio con mis alumnos: poniendo yo la cara más inexpresiva e intentando no modular la voz más allá de la marcación de los acentos y las pausas requeridas por el verso, les digo: ¿cuál de estos mensajes provoca una cierta preocupación y cuál nos da ganas de salir bailando? (hay que leerlos marcando bien los acentos y las pausas versales ¿eh?):

 "Ay, pobre Juana de cuerpo galano
ay, pobre Juana de cuerpo cortés"

o

"Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando..."

  Todos se dan cuenta, sin excepción, de que, pese a que a Juana parece que le ocurre algo ("pobre Juana"), no debe de ser muy grave, porque se nos incita a bailar, en tanto que el segundo texto...  ¡Claro!, les digo yo, Es que el ritmo de los primeros versos está concebido para el baile y tiene que hacerlo sin aditamentos, sin que se vean los trajes regionales ni suenen las gaitas ni se ilumine el centro de la plaza. A solas y marcando sólo los acentos y las pausas que están en el verso, uno se siente a sí mismo, por dentro, bailando; no tiene que ver a nadie que baila.

  El teatro es otra cosa, ya digo. La dirección de las palabras, su trayectoria, son diferentes, su fuerza se canaliza de otra manera más física (centrífuga la llamé arriba y me parece buena la imagen). Un texto lírico interpretado sobre un escenario, ya es otra cosa, es espectáculo; y el que va a tener lugar mañana en los jardines de una Bodega de Osborne va a ser eso, todo un espectáculo maravilloso que va a entrar por los sentidos: el piano excepcional de Pedro Salvatierra, la voz de la jovensísima soprano, Elena Salvatierra, la genialidad de José Luis Alonso de Santos dirigiendo, los actores profesionales y los colaboradores aficionados... El resultado, en mi opinión, es magnífico. Alonso de Santos ha puesto mucho esfuerzo. El mío, más pequeño, HA MERECIDO LA PENA.

2 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Magnífica reflexión. Gracias. ¡Y suerte con el espectáculo!

Inmaculada Moreno H. dijo...

Gracias. Está siendo una experiencia fabulosa. Ayer,el ensayo general quedó fenomenal.