domingo, 15 de enero de 2012

Un pájaro negro


La palabra no tiene una frecuencia inusual en este libro de ritmo heptasilábico (el de las endechas y los hemistiquios de los melancólicos alejandrinos) que es Pájaro negro de Ángel Mendoza (Siltolá, 2010). El poeta visita, casi de manera alternativa, su pasado y su futuro para contraponerlos. El libro es así una estoica aceptación del poder arrasador del tiempo en la consciencia de que la vida, ese pájaro negro, no se detiene. No por abundar en los símbolos sutiles de la muerte (oscuridad, otoño, tarde…) el libro resulta obvio ni prescindible; muy al contrario, Ángel Mendoza maneja a la perfección la iconografía común para construir emociones reales y vívidas ahondando en el dolor que todos reconocemos, ése que nos produce saber que ha de venir el momento "cuando se pudra el día", como escribe en "NADA", porque en esas vivísimas y muy acertadas imágenes, junto al ritmo perfecto de los versos, está la clave de un buen libro de poesía y éste, sin lugar a dudas, lo es. El pájaro era ya un símbolo personal de Ángel Mendoza que evocaba la vida, pero hasta este reciente libro, sus pájaros siempre venían acompañados de la luz; el transcurso de los años se la ha quitado. Entre el fantasma de un padre anciano y enfermo y el contrapunto de una niña pequeña (la hija del poeta), traza el pájaro negro el itinerario de la vida y el hombre maduro lo observa con resignación sabia. Y, para muestra, un botón: 

                      PRIMA LUCE

             Los días ya no vienen
             con rumor de bandera,
             con nombre de país reconquistado
             a los colmillos de la tierra negra.

             No porque yo no sueñe
             con sus flamantes telas
             rasgando el gran azul, temblando el aire,
             latiendo de verdad, dejando señas
             del regreso del sol, de que sus armas
             fulminarán con luz cualquier tiniebla.

              No porque no me deje la vida en esperarlos.
              No porque yo no quiera.






                                                                                (Foto: Agustín Povedano)



3 comentarios:

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

He estado repasando estos días navideños algunos de los cuentos de Andersen. Hay uno de unos zapatitos rojos que merecería incluirse en las antologías del terror.

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

Mi comentario anterior era, claro está, para el post sobre "literatura y terror" que precede a éste.
Por torpeza, lo he metido aquí.

Respecto al pájaro negro, me encanta esta entrada. Es magnífica la reseña, magnífico el poema de Ángel (que ha tenido siempre una gran habilidad para evocar el tiempo perdido de la infancia. Sigo todo lo que hace con mucho interés) y magnífica la foto de Agustín.

Inmaculada Moreno Hernández dijo...

Pues creo que sobre Los zapatos rojos tienes toda la razón; y este relato es ya un cuento de autor y juega con un terror más elaborado, pero no te creas que los de tradición popular le van a la zaga ¿que me dices del lobo acechando en el bosque y de la tensión del interrogatorio de la falsa abuelita? ¡todo un thriller recogido por los hermanos Grimm de la tradición centroeuropea!
Sobre la valía de Ángel Mendoza como poeta también me alegro de saber que coincidimos y la foto de Agustín Povedano ¡es asombrosa!
Un abrazo, Juan.