De niña fueron las procesiones desde la casa de abuela, los penitentes de chocolate, las torrijas, el olor a nardos y el del incienso, el de la cera derretida y el azahar (sobre todo si íbamos a Sevilla), el retemblar en el estómago de los tambores, el cimbrear lujoso y delicado de lo varales de los palios, la luminaria titilante de los cirios... Hoy me sigue gustando la tradición llena de arte y piedad de las procesiones, pero para mí es, sobre todo, el Sagrario y la espera, y también la gloriosa esperanza.
Zurbarán: Agnus dei
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