martes, 16 de julio de 2013

Maneras de mirar (3): Canto XXXV

      CANTO XXXV

    Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
    He respirado al lado del mar fuego de luz.
    Lento respira el mundo en mi respiración.
    En la noche respiro la noche de la noche.
    Respira el labio en labio el aire enamorado.
    Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
    respiro con la savia de los troncos talados
    y como roca voy respirando el silencio,
    y como raíces negras respiro azul
    arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
    Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
    sombrío de mis venas toda la luz del mundo.

                (Antonio Colinas 1946- )




    En Antonio Colinas ha existido siempre una tendencia a la contemplación, aunque esa propensión suya no diera la cara claramente hasta que en 1983 publicara Noche más allá de la noche, que es el libro del que extraigo este "Canto XXXV"  -y qué título de resonancias más místicas, ¿verdad?-. 



   En los versos de este poema, la primera persona describe minuciosamente un respirar la naturaleza en la luz y en la ausencia de luz ("la noche"), en el silencio y en los sonidos, en el color y ante la propia falta de éste ("raíces negras")... y esa respiración no es más que una manera de llevar adentro de sí mismo, integrándolas, todas las sensaciones del paisaje en una sinestesia totalizadora ("el mundo respira en mi respiración", escribe y, sin pretenderlo, hay mucho del Juan Ramón Jiménez último en este poema). 



      Pero también hay otras repeticiones sensitivas en una especie de juego de muñecas rusas, esas que siempre tienen dentro otra idéntica a ella, consiguiendo así una insistencia que lleva hacia lo más hondo de la percepción, lo que a mí me hace pensar en algo así como sutiles mantras estilizados ("en la noche respiro la noche de la noche", escribe, o  "el labio en labio el aire enamorado", que, además, subraya esa especie de eco del labio que incita al labio que a su vez incita al labio con la aliteración marcadísima provocada por los acentos prosódicos que recaen sólo sobre las aes ("el lAbio en lAbio el Aire enamorAdo").

     Y en todo esto, la imagen de la respiración es fundamental porque ¿qué otra cosa es la respiración, sino llevarse adentro el exterior? Y como la respiración es un movimiento repetido, Colinas insiste en términos del campo léxico de respirar ("respirar", "he respirado", "respira", "respiración", "respiro"...). Por cierto, que centrarse en la respiración es una técnica común en la meditación contemplativa.


   ¿Se han fijado ustedes en que prácticamente todos los versos son alejandrinos? ¿y no creen que los dos hemistiquios de cada uno de estos versos se avienen muy bien con el movimiento de inspiración y expiración de quien respira? A Colinas le gusta mucho esta forma métrica y la emplea frecuentemente en sus composiciones, pero, en este caso, el acierto intuitivo es enorme; como es también un acierto el único verso que incumple el esquema métrico ("y como raíces negras, respiro azul"), cicateándonos unas sílabas... Y es que ¿qué emoción profunda no nos corta a veces un momento la respiración rompiendo un segundo su mecánica de fuelle? Pero, encima, eso ocurre en el penúltimo verso del inventario de sus respiraciones sinestésicas, el que cierra la relación de éstas junto a la aliteración, imitadora de los murmullos del viento entre las hojas de los árboles: "aRRiba en los Ramajes de veRdoR RumoRoso". 

   Con estos dos versos la interiorización de la naturaleza se ha cumplido, se ha inhalado, por decirlo así. Los otros dos versos que restan son la antítesis conclusiva, el efecto de la observación contemplativa que no es más que una integración con la naturaleza a modo de imitación del éxtasis místico: "pasa en el cauce / sombrío de mis venas toda la luz del mundodonde el interior oscuro del hombre (sus venas) queda iluminando al hacerse uno con la luz del paisaje (como quien llega a una peculiar vía unitiva a través de la iluminativa, una vía unitiva sin Dios.

   Es que Antonio Colinas es un contemplativo laico, un místico New Age y, no les quepa la menor duda, de esa manera de estar ante las cosas es de donde le viene a su poesía una extraña armonía pancultural.



Monet

3 comentarios:

Fernando dijo...

Curioso poema, me pareció panteísta, todas las cosas se unen y yo me uno a todas las cosas.

Tienes razón: es clave el uso del verbo "respirar", su repetición constante ayuda a esa sensación de fusión con el exterior.

Asombroso lo de "contemplativo laico": supongo que sí, que esto es posible, al menos en casos tan cultos como los de este poeta.

Eugenio Martínez dijo...

Enriquecedora disección sobre el poema de Antonio Colinas, donde tu sentido poético nos resalta la fuerzas de las "incongruencias" de las sinestesias que, juntamente con las aliteraciones incrementan el valor expresivo del texto.
Tambien me ha sorprendido muy gratamente la similitud que haces entre los hemistiquios de los alejandrinos con la inspiración y la expiración. ¡Es que es real!
¡Ah! y gracias por haber elegido a otro paisano mío. Ya sabes: La fuerza del terruño

Inmaculada Moreno H. dijo...

Sí, Fernando, es verdad, no he usado el término "panteísta", pero lo es, lo es.
Sí, Eugenio, parece que León es buena tierra para la poesía ¿no?
Un millón de gracias a los dos por comentar.