viernes, 6 de abril de 2012

Jueves Santo

       Ayer fue Jueves Santo, mi cumpleaños lunar. Sí, nací un Jueves Santo.
       En los oficios sobrecoge la procesión para poner a Cristo en el Monumento, pero sobrecoge aún más mirar el Sagrario del altar y saberlo vacío, va-cí-o; y sentirse una como untada por dentro y por fuera por esta especie de orfandad profunda, radical, orfandad absoluta, que te cala desde dentro en un instante y dura un buen rato. 
     Fue otro el motivo que le llevó a ello, pero este desconsuelo matriz fue el que debió sentir Unamuno cuando se despertó llorando, según la conocida anécdota ¡Y qué bien lo entendió Concha cuando lo consoló susurrándole "hijo mío"!
    


2 comentarios:

Antonio Gil García dijo...

Tanto en Vetusta (la heroica ciudad sigue durmiendo la siesta) como en Madrid (no sé cuántos millones de cadáveres transitan, pues no soy muy partidario de las estadísticas) sólo la lluvia cantaba saetas.

Un haiku de esos que hago cuando no tengo nada que escribir.

La lluvia hurga
en el dolor de incienso
del Nazareno.

Tu compi Antonio Gil.

Inmaculada Moreno Hernández dijo...

Hola, compi.
No sé si me gusta más la imagen de la lluvia hurgando -¿qué otra cosa hace un goteo contínuo sobre una misma supeficie?- en el gas aromático que a la vez relacionas culturalmente con la penitencia, o la paráfrasis a Dámaso Alonso. Jajajaja.
Hasta el lunes (qué remedio)