domingo, 29 de abril de 2012

La ventana de enfrente

    Mi mesa de trabajo está bajo un ventanal que da a los jardines interiores del edificio donde vivo. La luz de poniente suele entrar algo oblicua por mi derecha, es una luz que me relaja mucho; tal vez porque a esa hora no me quedan obligaciones del día por cumplir y las que hayan quedado sin hacer esperarán al día siguiente.  Normalmente suelo mantener las persianas levantadas durante las horas de sol, pero cuando la oscuridad me impone que encienda la lámpara que tengo sobre la mesa, mi reacción ha sido siempre la de bajar las persianas hasta la base de la ventana, lo cual permite  -estarán de acuerdo-  no convertir mi mesa en un escaparate incómodo. He escrito “ha sido”, sí.  De un tiempo a esta parte estoy dejando palmo y medio libre en la ventana, a veces un poquito menos; lo suficiente, claro, para permitirme ver la ventana de la planta baja del edificio de enfrente.  No es lo que están pensando. La distancia es grande y no soy ninguna voyeur, no me impulsa la más mínima curiosidad por la vida o las actividades de mis vecinos; soy demasiado egocéntrica. Más bien es todo lo contrario: lo que me atrae es la discreción confortable e impune de no distinguir. He descubierto que hay alguien, a quien no veo bien, a quien sólo intuyo, y que ha empezado a trabajar por las tardes con la luz encendida –la luz de poniente entrando por su izquierda-  y sin poner ninguna clase de velo a su presencia. No sé si estudia, si escribe, si hace collages, si diseña planos. El caso es que esos dos palmos me permiten un contacto visual realmente exiguo pero reconfortante. Es curioso que que me resulte agradable esta compañía sin concreción física, compañía distante, incierta, que no interfiere ni mi espacio ni mi silencio. Alguien allí, yo aquí. Dos personas que no se conocerán nunca unidas por el trabajo solitario, dos cómplices inocentes, dos islas. La compañía posible en estado puro.
  Hace ya casi una hora que mi acompañante ha apagado la luz.  Ahora me he quedado realmente sola.

                         "El geógrafo", Jan Vermeer

5 comentarios:

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

Inma, tu reflexión, tan sugestiva, me ha recordado de inmediato el discurso de Amos Oz en la entrega del premio Príncipe de Asturias: "la mujer en la ventana".
Puede leerse aquí:
http://kircherlandscape.blogspot.com.es/2010/02/la-mujer-de-la-ventana.html

Inmaculada Moreno Hernández dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Inmaculada Moreno Hernández dijo...

Gracias. Conocía ese texto y casi seguro que lo leí en tu blog. Oz, en su reflexión, reivindica la novela y por ello imagina el mundo que hay tras la ventana. Me temo que mis miras son menos narrativas. Él propugna la comprensión mediante la observación de las costumbres (para él la persona es la representación de una cultura), yo sostengo en estos párrafos que somos islas (incluso dentro de nuestras propias culturas), islas profundísimas, riquísimas, exhuberantes y , sobre todo, únicas e irrepetibles; pero me gusta saber que la existencia es un gran archipiélago.
Oz tiene mucha razón, pero hablaba de otra cosa.
Un beso

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

No sé. Se me ocurrió que quizás ambas visiones coinciden en la curiosidad que nos pueden suscitar los otros. Y la sensación de compañía planetaria que nos puede inspirar esta idea.
Ni siquiera sé, Inma, si tú y yo pertenecemos a una misma cultura. Quizá sí al mismo archipiélago. O quizá no. Quién sabe.

Inmaculada Moreno Hernández dijo...

Yo creo que sí pertenecemos a una misma cultura ¿no? aunque la vivamos de manera distinta. Y, por otro lado, creo que a la mayoría de la gente no le pasa, tal vez a ti tampoco, no lo sé, pero yo me siento muy isla. Si lo miras bien creo que me he pasado la vida escribiendo de eso. Creo que en esta vida somos como buques fantasmas todos; nos cruzamos en el mar, nos saludamos, pero ante lo importante "somos" solos. Es que quería decir que hablaba de eso.
Ya ves, ni siquiera sé hacerme entender.